Mi primera revista sterio de Belicena Villca editorial de la cas | Page 593
¨El Misterio de Belicena Villca¨
explosión nos acercamos un poco, y nos aseguramos que así sucedería, pues donde
estacionara el coche había desaparecido el camino, y la avalancha de piedras había
arrastrado los restos más grandes hasta el fondo de la garganta, sepultándolos para siempre.
Permanecí diez días en la Chacra de Belicena Villca, durante los cuales conversé mucho
con Segundo y nos pusimos de acuerdo sobre los pasos futuros. Le referí las últimas partes de
la Carta de Belicena Villca y le expliqué que tenía indicios ciertos sobre la posible residencia
de Noyo Villca: todo consistía en ubicar a la misteriosa Orden de Caballeros Tirodal y a su
Pontífice, Nimrod de Rosario. Puesto que un capítulo se había cerrado en mi vida y ya no
habría vuelta atrás, sólo me quedaba proseguir la aventura e iniciar la búsqueda de la Orden
en la Provincia de Córdoba. Segundo se manifestó decidido a acompañarme en esa misión.
Además de ser también un Iniciado Hiperbóreo, discípulo de Belicena Villca, y poseer un
lógico interés espiritual en el asunto, el indio, que contaba cincuenta años de edad, conocía a
Noyo Villca desde niño y haría lo posible por volverlo a ver o prestarle su ayuda.
Diseñamos, así, un sencillo plan destinado a solucionar los últimos problemas que
quedaban para trasladarnos finalmente a Córdoba. En la Chacra existía una fortuna en oro
inga, a la que aludiera Belicena Villca en su Carta. Segundo me enseñó el escondite secreto,
cerca del Meñir, donde subsistían 250 kg. de oro en lingotes: originalmente, me explicó el
indio, el oro constituía la vajilla de la Princesa Quilla, pues los ingas no le daban valor
monetario a dicho metal; ya en Tucumán, y para evitar posibles sorpresas, los descendientes
de Lito de Tharsis fundieron todos los utensilios en el siglo XVII y ocultaron los lingotes donde
todavía se encontraban. Nunca la familia tuvo necesidad de esa reserva, pero nosotros
podríamos tomar lo que quisiéramos, pues tal era la voluntad de Belicena Villca.
Sin embargo, a mi entender aquella riqueza pertenecía a Noyo de Tharsis y no convenía
tocarla por el momento. Con lo que me dejara tío Kurt teníamos más que suficiente para
empezar. Resultaba primordial, pues, asegurar el cuidado de la Chacra, aún si nosotros nos
ausentábamos por mucho tiempo. De ello se ocupó Segundo, trayendo de Tafí del Valle una
nutrida parentela que ya en otras ocasiones habían cohabitado el lugar: vivirían en la casa de
servicio y vigilarían el lugar.
Arreglado esto, partimos el 4 de Mayo hacia Santa María, en la pick-up de Segundo. A
Salta no pensaba regresar jamás; pero los negocios de tío Kurt los tenía que cancelar
indefectiblemente. Aparte de que en la Finca de mi tío me aguardaban las dos cosas más
queridas que me quedaban en la vida: el manuscrito de Belicena Villca, reproducido en este
libro, y el manuscrito de Konrad Tarstein, de su libro inédito “Historia Secreta de la
Thulegesellschaft”, que espero publicar en el futuro.
La Finca de Santa María era imposible de vender pues tío Kurt no estaba muerto sino
“desaparecido” y su testamento a mi favor carecía de valor en este caso. Más sí podía
arrendarla y eso fue lo que hice, pactando un contrato con los Tolaba, que por tantos años
acompañaron a mi tío Kurt: ellos se encargarían de la pequeña fábrica de dulces y de guardar
las pertenencias de mi tío. Sólo pagarían una moderada renta anual. Claro que en el futuro, si
necesitase reducir esa propiedad a dinero contante, apelaría al conocido expediente de
falsificar la partida de defunción de “Cerino Sanguedolce” y haría valer el testamento. Pero el
futuro está aún en manos de los Dioses.
Lo que sí podía vender, era la Finca de Cerrillos, a la que no deseaba conservar ni un
minuto más. Escribí, así, a mis abogados de Salta para que la pusiesen de inmediato en venta
y la liquidasen cuanto antes. Seis meses después, en Córdoba, firmé los documentos
definitivos de la transacción y recibí una apreciable cantidad de dinero. Y el último día que
estuve en Santa María, envié por encomienda los dos bultos a Maidana, comunicándole en
una breve nota que la operación comando resultó un éxito y que sería inútil que nadie buscase
más a los “asesinos orientales”; y que, no repuesto del dolor por la muerte de mi familia,
emprendía un viaje de descanso a cuya vuelta me reuniría con él. Una “mentira piadosa”, es
claro, pero ¿qué otra cosa le podía decir a Maidana? Quizás en el futuro; quizás si los Dioses
lo deciden en el futuro.
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