Mi primera revista sterio de Belicena Villca editorial de la cas | Page 592

¨El Misterio de Belicena Villca¨ En una caja de zapatos, del más vil cartón, deposité el nefasto Dordje, el Cetro de Poder que Rigden Jyepo le entregara a los Demonios Bera y Birsa, conjuntamente con los padmas de piedra, los pendientes Esther de Avalokiteshvara. Y entonces, cuando hube concluido esos trabajos menores, me dirigí hacia el coche negro para calmar la comprensible curiosidad que el mismo me despertara desde el momento que conocí su existencia. Visto de lejos, no cabían dudas que se trataba de una clásica limusina norteamericana. Empero, al inspeccionarlo de cerca, surgía la confusión por no poder establecer ni la marca ni el modelo, como afirmaban los policías de Salta; porque marca tenía; y bien visible: “Aviant”. Más ¿quién conocía esa marca? ¿A qué país pertenecía? De inmediato, me asaltó la sospecha de que el automóvil no era de este Mundo, que provenía de una Realidad paralela a la nuestra, donde los “Caballeros” como Bera y Birsa se desplazaban en coches “Aviant”. De todos modos ¿era realmente un automóvil? Sí, lo era. Un auténtico y excelente coche de lujo, al parecer recién salido de la fábrica. Levanté el capó y observé un poderoso motor de ocho cilindros en “V”. Las llaves estaban puestas; le dí arranque y funcionó sin problemas. Y fue inútil revisar su interior porque los Demonios no llevaban nada consigo, ni papeles, ni equipaje: nada de nada, lo que indicaba que no entraba en sus planes la posibilidad de ser detenidos o interrogados en los caminos; o que no circulaban de ninguna manera por los caminos y rutas de la civilización humana A las 8,30 horas me recosté en un sillón del comedor y dormí sin sobresaltos hasta las 13,30 horas. Preparé más café, tosté panes, y lo desperté a Segundo para el tardío desayuno. Se admiró al saber que trabajé toda la noche y que ya no quedaban huellas de la muerte de los asesinos. Mientras bebía un café, le revisé las heridas; especialmente me interesaban sus pies: estaban muy hinchados: – ¿Cree que podrá conducir la pick-up? –le pregunté. –Haré lo que sea necesario –dijo valientemente–. No importa el dolor. –Será al anochecer –le expliqué–. Tendrá que manejar unos quince o veinte kilómetros para deshacernos del automóvil de los asesinos. Pero antes le traeré medicinas y calmantes: sólo dígame donde queda la Farmacia más cercana. Quedaba en Tafí del Valle, a cinco kilómetros de distancia. A las 15, después de asar un pollo y comerlo entre ambos, fui a la Farmacia en la pick-up y compré la vacuna antitetánica, jeringas, desinflamatorios y calmantes. A las 19,00 horas salimos de la Chacra. Segundo iría adelante, en la pick-up, y Yo lo seguiría en el Aviant. Tomaríamos por caminos secundarios, normalmente intransitados, pues el éxito de la maniobra dependería de que nadie viese el automóvil negro, nadie que lo pudiese denunciar a la policía; y menos aún la policía, que ya tendría su descripción. Pero todo salió bien. Segundo, con los dedos vendados, y descalzo, pues no podría calzar una alpargata, llevaba con destreza la camioneta en dirección a la Sierra del Aconquija. Cruzamos el Río Tafí del Valle, el Río Blanco, y entramos en un camino casi intransitable que subía hasta la cumbre del Cerro La Ovejería. Tuve que hacer proezas con la enorme limusina para doblar por las agudas curvas del camino de cornisa. Finalmente, pocos kilómetros antes de la cumbre, dimos con el lugar ideal: el borde de un abismo de mil metros o más de profundidad. Allí estacioné el coche negro, mientras Segundo volvía con la pick-up varios metros hacia atrás: la senda era tan estrecha que tendríamos que retroceder cientos de metros marcha atrás, hasta hallar un ensanche que nos permitiese virar. El regreso de Segundo era necesario para prevenir un posible derrumbe del camino, que dejase la pick-up aislada e imposibilitada de bajar del Cerro. Porque Yo planeaba dinamitar el Aviant y eso era muy probable que ocurriera, como realmente ocurrió. Derramé el contenido de un bidón de diez litros de gasolina dentro del coche; programé los detonadores electrónicos con un tiempo de cinco minutos; y coloqué una bomba sobre el block del motor, otra en el interior de la cabina, otra en el baúl, y otra debajo del chasis. Acto seguido cerré el capó, las puertas y el baúl, y corrí hacia la pick-up, que me esperaba cien metros más atrás. La explosión de los cuatro kilogramos de trotyl fue impresionante en aquellas montañas generadoras de ecos prolongados. El automóvil jamás sería encontrado, pues sólo quedaron de él restos diseminados en cientos de metros de inaccesible precipicio. Cuando cesó la 592