Mi primera revista sterio de Belicena Villca editorial de la cas | Page 591
¨El Misterio de Belicena Villca¨
Chacra. Al fin, no me cabían dudas que el sitio central se encontraba adentro de un enorme
tinglado herméticamente cerrado. Corté las cadenas y candados con una pinza adecuada, y
abrí las puertas del tinglado: increíblemente, luego de siglos y milenios, aún se encontraba en
su lugar de origen el meñir de Tharsy. Era de piedra verde y mostraba en su base la milenaria
apacheta de Vultan: purihuaca voltan guanancha unanchan huañuy. Sobre la apacheta
estuvo durante cuatrocientos cuarenta y tres años la Espada Sabia de la Casa de Tharsis,
custodiada como en Huelva por incansables Noyos Y Vrayas descendientes de Lito de
Tharsis. Frente a esa actitud de respeto y confianza en los Dioses Leales, asumida en milenios
de paciente guardia, ¿qué significaban mis ansiedades actuales, mis egoístas angustias? El
imponente meñir, y su rústico altar de piedra, tuvieron la virtud de avergonzarme de mí mismo,
de mis debilidades humanas, y de fortalecer mi voluntad de seguir hasta el Final.
Contando con todos los vanos y crueles esfuerzos realizados en el pasado por los
Demonios Bera y Birsa, no es de extrañar el odio que les despertaría aquella Chacra en la que
vivieran fuera de su alcance los miembros de la Casa de Tharsis conservando la Piedra de
Venus de la Espada Sabia. Pero Ellos llegaron tarde, siempre llegaron tarde a América: no
consiguieron exterminar al linaje de Skiold con los diaguitas-hebreos, ni con los españoles de
Diego de Almagro, de Diego de Rojas, y de tantos otros; ni el asesinato de Belicena Villca les
sirvió para nada pues Ella los despistó sabiamente; ni el exterminio de los Von Sübermann les
permitió acabar con tío Kurt. ¡América les había resultado fatal! No sabían dónde estaba Noyo
Villca con la Espada Sabia y quisieron tomar venganza en el indio Segundo, sacrificarlo por
medio de horrible suplicio antes de partir del impredecible Mundo de la Casa de Tharsis. Y
habían sido atacados y muertos cuando menos lo esperaban. Como un Bumerang, sus
propios golpes regresaron contra ellos; como en un golpe de Jiu-Jitsu, sus enemigos
aprovecharon los movimientos propios y volvieron sus fuerzas contra ellos.
En el galpón que guardaba la pick-up había toda clase de herramientas. Fui hasta allí,
tomé una pala ancha, y comencé a buscar un lugar adecuado para excavar las sepulturas. A
cincuenta metros de la Casa crecía un tupido cañaveral de tacuaras que me pareció sería el
sitio ideal: costaría penetrar la capa de raíces, pero luego de unos días nadie podría descubrir
el menor rastro de la remoción. Regresé dos veces hasta la casa y cargué los malditos
cadáveres en una carretilla para facilitar el transporte; en el último viaje llevé también un
machete para abrir la picada. Miré el reloj de la casa y comprobé que señalaba las 3 horas del
día 23 de Abril. El mío, en cambio, exhibía las 1,30 horas del 26 de Abril. Lógicamente,
sincronicé mi reloj con el cuadrante local.
Así, pues, a las 6 horas, tres horas después, terminé la macabra tarea de sepultar los
cadáveres destrozados de los asesinos orientales. Ya amanecía y me sentía exhausto,
psíquica y físicamente agotado. Y todavía faltaban varias cosas por hacer, asuntos ineludibles
que no admitían dilación. Uno de ellos era consumar la destrucción del coche negro de los
asesinos, a fin de evitar el rastreo policial: más, para eso, necesitaba contar con la ayuda de
Segundo.
Bebí una nueva taza de café y luego me dediqué a echar baldes de agua jabonosa en el
patio, para eliminar las huellas de sangre, precaución que más que evitar las investigaciones
policiales apuntaba a frustrar la acción todavía más terrible de las moscas tucumanas. Con la
luz del día, descubrí junto a un árbol, a quince pasos de distancia de la puerta de la casa, la
chaqueta y todas las armas de tío Kurt: evidentemente, las había abandonado antes de partir,
cuando llamó silenciosamente a los perros daivas. En ese momento, pensé que mi voluntad se
quebraría nuevamente. Pero me sobrepuse y uní aquellos objetos con el resto de mi equipo.
Ya no podía continuar vestido de comando, especialmente si habría de salir fuera de la
Chacra, así que me entregué a realizar una prolija inspección del interior de la casa. Descarté
la ropa del indio, por su talla apreciablemente menor que la mía, y confié en que Noyo Villca
tuviese más contextura y se conservase su ropa. Al fin dí con su habitación, después de pasar
por la de la difunta Belicena, y hallé, en efecto, un ropero surtido: encontré un pantalón
vaquero, más o menos de mi medida, y una camisa semejante. Decidí quedarme con los
borceguíes de Maidana, e hice dos grandes paquetes con las armas y las ropas de combate:
sólo dejé sin envolver las cuatro bombas de trotyl.
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