Mi primera revista sterio de Belicena Villca editorial de la cas | Page 590

¨El Misterio de Belicena Villca¨ ¿Y dice Ud. –agregó– que estos torturadores son los mismos Berhaj y Birchaj que guiaron hace más de seiscientos años a los malones de indios diaguitas-hebreos, al mando del Cacique Cari, en la invasión a la Isla del Sol? –Eran –le corregí–. En efecto, eran los mismos, aunque tal vez emplearon otros cuerpos; eso no lo sé con exactitud. Pero lo que es cierto es que hace tres meses asesinaron a Belicena Villca en el Hospital, y sólo cuatro días que terminaron con toda mi familia; por estos malditos Demonios, sólo quedamos tres sobrevivientes de tres Estirpes espirituales: Noyo Villca, de la Casa de Tharsis; Segundo, de la Casa de Skiold; y Arturo Siegnagel, de la Casa Von Sübermann. Belicena Villca me solicita en su Carta que busque a Noyo Villca en Córdoba, y me asegura que Ud. me ayudará. Además me recomienda tener mucho cuidado con Bera y Birsa, que eran Demonios poderosos; pero ya ve: a pesar de los golpes que nos dieron, y gracias a la ayuda de los Dioses, pudimos acabar por el momento con Ellos. Habrá otros Demonios que sin duda nos perseguirán, y mil peligros desconocidos, pero es poco probable que regresen Bera y Birsa al Mundo de la Sangre de Tharsis; en los otros Mundos de Ilusión empero seguirán existiendo; ¡y ay de aquellos hombres espirituales que no encuentren pronto el Mundo de la Casa de Tharsis! ¿Qué le parece, Segundo? ¿Me ayudará? – ¡Por supuesto que sí! Sepa, Dr. Siegnagel, que Ella era para los de mi Raza una Reina: sus deseos son órdenes para mí. Ella me pidió que no fuera más al Hospital de Salta porque era vigilada y sospechaba que la iban a matar: y Yo cumplí al pie de la letra sus órdenes; no fui más a Salta y no respondí a la correspondencia del Hospital, del Juez, de la Policía, etc. nadie vino aquí porque esta casa es muy difícil de encontrar. Muy grandes deben ser sus poderes para haber llegado así, por sorpresa, y conseguir boletear a los Demonios. ¡Me ha salvado la vida, y seguramente me ha evitado un terrible sufrimiento previo! Mas no sé hasta qué punto agradecerle, puesto que, como comprenderá, ya estoy harto de vivir. Lo comprendía perfectamente puesto que Yo también estaba harto de vivir; y si seguía adelante, como aquel indio germánico, sería exclusivamente por Honor, porque era un Honor quedarse a cumplir la misión que a uno le habían asignado los Dioses que dirigían la Guerra Esencial, y porque después de la Batalla Final, una vez ajustadas las cuentas con las Potencias de las Materia, regresaríamos definitivamente al Origen del Espíritu Increado. Vi la cara de Segundo descompuesta de dolor y corrí a un galpón contiguo a buscar el botiquín que estaba en la guantera de una pick-up. Con paciencia, desinfecté los veinte dedos y los fui vendando uno por uno. Traía conmigo las grageas sedantes, y le hice tragar dos: cuatro miligramos que lo harían dormir hasta el mediodía. Antes de concluir la cura ya cabeceaba de sueño, así que lo llevé hasta su habitación, haciéndolo pisar con los talones, y lo dejé acostado en su humilde cama de algarrobo. Calenté café, y lo bebí ya más tranquilo sentado en una silla de la cocina. El encuentro con Segundo me había calmado bastante y ahora meditaba sobre los próximos pasos a seguir. Sobre la mesa deposité la garrafa de ácido, trasmutado como un líquido muy negro pero de liviana densidad. Para recuperar las rosas de piedra, los pendientes de Avalokiteshvara, derramaría aquella substancia inservible en la pileta, y neutralizaría la acidez residual con un poderoso detergente concentrado que descubrí en un armario. Un minuto después, los aretes Esther se hallaban en mi bolsillo, ya vacío de armas. Ciertamente, exageramos la artillería, y ahora descansaban sobre la mesa, la Itaka, cincuenta cartuchos, la pistola ametralladora con su incómoda cartuchera sobaquera, sus cargadores, las diez granadas de fragmentación, las bombas de trotyl, y el cuchillo de monte. Más suelto de cuerpo, me cercioré con discreción del Sueño profundo de Segundo, y decidí ocuparme de eliminar los restos de los asesinos orientales. Provisto de una poderosa linterna de doce unidades, exploré los alrededores de la Chacra. Comprobé entonces que, en efecto, la edificación de la casa seguía el trazado del antiguo pucará de Tharsy, y que la fortaleza perimetral fue reducida a un tapial bajo, de no más de un metro, para disimular su función de guarnecer una plaza liberada. En su interior aún existía el antiquísimo crómlech, cuyas piedras formaban un círculo enorme, en cuya área cabía sobradamente la planta de la Chacra. Pero a mí me intrigaba la suerte del Meñir de Tharsy, el que plantaron los Atlantes blancos para establecer el pacto de Sangre con la Estirpe de Tharsis y determinar su misión familiar. Tomando los diámetros del Crómlech, busqué en su intersección el centro, y comprobé con intriga que aquel lugar central caía en el interior de la 590