Mi primera revista sterio de Belicena Villca editorial de la cas | Page 589
¨El Misterio de Belicena Villca¨
pues los sucesos conocidos explican esta reacción irracional. ¿Cómo no se iba a quebrar mi
voluntad, si en el plazo de cuatro días mi familia fue atrozmente asesinada, toda mi familia, los
parientes cercanos y lejanos, y el único sobreviviente fuera de mí, el tío Kurt, se acababa de
marchar para no regresar jamás?
Me puse como loco. Profería insultos y pateaba con impotencia los cadáveres de los
asesinos orientales. Con irracional agresividad, estaba a punto de vaciar en esos cuerpos
diabólicos las cargas de la inútil pistola ametralladora, cuando unos quejidos procedentes del
interior me trajeron providencialmente a la realidad. ¡No estaba solo! Recordé de golpe que
durante el ataque habíamos escuchado unos gritos de dolor.
Con el rostro aún descompuesto por la furia, algún brillo demencial en los ojos, y pistola
en mano, entré decididamente en la casa, causando la consiguiente alarma de la persona que
se encontraba maniatada sobre la mesa del comedor. Era Segundo, el indio descendiente del
Pueblo de la Luna, que Belicena Villca mencionaba en su Carta, y a quien viera un par de
veces como visitante en el Hospital Neuropsiquiátrico de Salta.
Lucía terrible, porque Bera y Birsa le habían arrancado las uñas de las manos y de los
pies; sin embargo, debía estar agradecido a los Dioses, y a la Operación Bumerang, porque
los Demonios carecieron de tiempo para cortarle la lengua y las orejas, y vaciarle los ojos, y
finalmente despellejarlo o degollarlo. Cuando lo desaté y le pregunté si había un botiquín de
primeros auxilios, el indio recuperó el habla.
– ¿Y los dos hombres? –preguntó con cautela.
–No eran hombres –respondí de mala manera– sino los Demonios Bera y Birsa. Ambos
están muertos, allí afuera: nosotros los matamos con los disparos que Ud. escuchó. Y ahora
mi tío los está persiguiendo hasta el Fondo del Abismo Central del Universo, hasta un lugar
infernal del que quizás no logren regresar jamás.
Ahora comprendo que tal respuesta era impropia y absurda para ofrecerla a un indio
desconocido que posiblemente no tendría ni la menor idea de lo que le estaba hablando. Pero
Yo padecía los efectos del shock y de la crisis y no me detenía a pensar en lo que decía.
Antes bien me maldecía permanentemente por todos mis errores: por ser la causa de que los
Demonios descubrieran el Mundo y el domicilio donde vivía mi familia; porque en el plan de
ataque olvidé considerar la acción compasiva de Avalokiteshvara; y por no hacer caso del mal
presentimiento que me produjo la despedida de tío Kurt en Cerrillos, antes de levitarse con los
perros daivas: tío Kurt sabía lo que iba a pasar, que íbamos a ser probados por la Pasión
Maternal de Avalokiteshvara, quien defendería piadosamente a los Inmortales, y que con
toda probabilidad debería partir en persecución de los Demonios, para mantener
despierto su miedo; ¡y por eso se quiso despedir antes de entrar en operaciones! ¡Y Yo
fui el imbécil que seguí hasta el final con el plan, sin reparar en nada, subestimando la
capacidad de tío Kurt! ¡Ahora me encontraba solo, más solo de lo que estuvo tío Kurt en su
exilio, aunque él afirmara lo contrario para consolarme y darme coraje!
Tales eran los pensamientos que ocupaban mi mente cuando respondí al indio de la forma
referida. Afortunadamente no estaba del todo solo: el indio repitió, con cautela aún mayor:
– ¿Berhaj y Birchaj?
Es posible que recién en este momento cayera en la cuenta que el indio era real.
– ¿Berhaj...? –repetí, tratando de recordar dónde había escuchado antes esa
pronunciación. Entonces recordé la Carta de Belicena Villca y la historia del Pueblo de la
Luna–. ¡Cierto que Ud. también los conoce! ¡Esos Hijos de Puta exterminaron a su familia,
igual que a la Casa de Tharsis y a mi propia Estirpe! –exclamé con exagerada euforia.
– ¿Y Ud. cómo lo sabe? –Interrogó el indio en el colmo del asombro–. ¿No es del Ejército?
–Ja, Ja, Ja –me reí con ganas, al descubrir la impresión que causaba el uniforme de
comando–. No, hombre, no. No pertenezco a la Fuerzas Armadas. El que fue miembro del
Ejército era Noyo Villca, como Ud. bien sabe. ¿Es que no me recuerda? Yo soy Arturo
Siegnagel, el Médico psiquiatra que atendía a Belicena Villca en Salta. Ella me lo contó todo
en una extensa carta: por ejemplo, sé que Ud. desciende del Pueblo de la Luna, que habitaba
en la Isla Koaty en el lago Titicaca, y que sus remotos antepasados residían en escandinavia,
en el país del Rey Kollman, del linaje de Skiold.
–Ah, el Médico. Si, lo recuerdo. Estaba al tanto que Doña Belicena escribía una carta con
datos sobre la Casa de Tharsis, pero ignoraba quién sería su destinatario.
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