Mi primera revista EvidenciaEE_TrujilloRivera_PedroSamuel | Page 365

(18-24 años) (CINDA, 2007). De ahí que esta expansión represente, al menos en potencia, una tendencia de democratización e inclusión so- cial, y por otro lado, un espacio de perfeccionamiento para los trabaja- dores en su afán de mejorar su empleabilidad. En América Latina, al igual que en los países de mayor desarrollo, du- rante las últimas décadas una de las principales tendencias de trans- formación de la estructura productiva ha sido la expansión del sector terciario. En efecto, durante los noventa, 9 de cada 10 empleos creados en América Latina y el Caribe fueron del sector servicios (Weller, 2001). No obstante, tal crecimiento de la economía terciaria no ha significado, principalmente, la proliferación de las ocupaciones indicativas de la so- ciedad del conocimiento. Tras la desindustrialización de los ochenta, la década perdida según CEPAL, ha tenido lugar lo que la literatura acadé- mica conoce como tercerización espuria (Pinto, 1984): el crecimiento ocupaciones terciarias de baja productividad, vinculadas a la economía de subsistencia (comercio ambulante, servicio doméstico, etc.). Más re- cientemente, el panorama de América Latina y el Caribe presenta tanto tendencias de tercerización espuria como de tercerización genuina en la evolución de su estructura productiva, las cuales se manifiestan de modo yuxtapuesto al interior de los países. Una de las hipótesis para explicar las dificultades de las economías lati- noamericanas para dar un salto en desarrollo, en la línea de la sociedad del conocimiento, es precisamente tener una fuerza de trabajo escasa- mente calificada, lo cual inhibiría la inversión en industrias y servicios de mayor intensidad tecnológica, por lo tanto, de mayor productividad y rentabilidad económica (Tokman, 2001). El mercado laboral latinoa- mericano enfrenta además dos problemas adicionales. Por una parte, el crecimiento de la categoría de jóvenes que no estudian ni trabajan, los llamados “ninis”. Se estima que la tasa de actividad juvenil promedio en la región es 54%, muy inferior a la adulta de 69%. Ellos representan un enorme peso para la economía; además, no pocas veces su situación deviene en caldo de cultivo para actividades delictuales (CEPAL, 2011). Por otra, las dificultades de incorporación de la mujer a actividades laborales, en general, y en especial a las de mayor productividad. Ser joven y mujer se transforma así en una condición que aumenta enorme- mente las probabilidades de estar en situación de pobreza. Sobre todo si a esto se suma la problemática del embarazo no deseado y su efecto en la equidad de los países. 173