Mi primera publicacion VOLUMEN 20-MIGRACION-VERSION DEFINITIVA-17-MAYO-20 | Page 392

392 laura velasco ortiz El futuro de estas comunidades está signado no sólo por su propia vitali­ dad histórica, que incluye su relación con los mercados regionales de tra- bajo, sino también por las políticas migratorias y de control de fronteras de los Estados nacionales. Un indicador de la relación desigual de México y Estados Unidos es la diferencia de significado que tiene la frontera territo- rial para cada Estado nacional. Por un lado, las políticas estadounidenses se dirigen al control militar de la frontera mexicana para evitar el cruce in­ documentado, así como la deportación de inmigrantes indocumentados o en proceso de legalización. Por el otro, las políticas mexicanas tienden hacia la apertura, transterritorialidad hacia el norte y bienvenida a los cientos de miles de mexicanos deportados. A la vez, la política mexicana ha acelerado su política migratoria en las dos últimas décadas con la Ley de Migración en 2011 y el Programa Frontera Sur de 2014, el cual ha reproducido la políti- ca migratoria estadounidense con los centroamericanos en el terreno del control fronterizo y con mayor intensidad en las deportaciones de centro­ americanos. Parafraseando a Durand (1994), México ha seguido una políti­ ca de doble batiente para cada frontera al norte o al sur. En su conjunto, las políticas de ambos Estados nacionales han creado una imagen ambigua de los migrantes que han tenido efecto en el proceso de la construcción de la identidad de los migrantes. En México, los migrantes han tenido un papel crucial en la urbanización y en proyectos comunitarios para crear trabajo y mejorar la calidad de vida en sus comunidades de origen y en la defensa de sus derechos en Estados Unidos. Ellos también se han con­ vertido en importantes actores en las elecciones locales y estatales en ambos países. Por lo que en México y en las comunidades de origen de los migran- tes, ellos son vistos como agentes económicos y políticos para sus hogares y comunidades y los gobiernos respectivos. En tanto, la población deportada es sujeta a programas de reinserción social y laboral a nivel local, pero con el peso de los procesos de estigmatización marcada por la mirada del fracaso en su proyecto migratorio y de ser expulsados de Estados Unidos (Albicker y Velasco, 2016). En Estados Unidos, no obstante que la presencia de los trabajadores me­ xicanos es cada vez más visible por su rol en los mercados de trabajo regiona­ les, los migrantes son percibidos y tratados como extranjeros peligrosos, que roban empleo a los ciudadanos estadounidenses, demandan servicios so- ciales y no pagan impuestos. La categoría de deportable surgió en los albores del si­glo XXI como una condición potencial de cualquier migrante pobre que cruza la frontera de sur a norte (De Genova, 2002). En medio de este contexto internacional conflictivo, todo parece indicar que las comunidades transnacionales de migrantes, como configuraciones