Mi primera publicacion VOLUMEN 20-MIGRACION-VERSION DEFINITIVA-17-MAYO-20 | Page 387
Identidad cultural, territorio y fronteras
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do esquemas de significación que aluden a relaciones interétnicas de un
contexto nacional específico, pero a su vez incorporando una visión crítica
de los elementos de la ritualidad desde los nuevos lugares.
En entrevistas con líderes de asociaciones mixtecas en la frontera Méxi-
co-estadounidense, he detectado una constante preocupación por la “ori-
ginalidad” de los elementos de los rituales. Se observa desde lejos una
“contaminación” de las prácticas rituales, sobre todo por parte de las ins-
tituciones gubernamentales. Sucede una especie de “exageración” del ape-
go a la ritualidad y a la búsqueda de los sentidos originales de los rituales.
No me atrevo a decir que esto suceda con todos los participantes en los
rituales, pero sí que es una constante entre los hombres y mujeres que tie
nen un papel protagónico en la reproducción de los rituales o de acción
comunitaria en los lugares de la migración sobre todo alrededor de las fies
tas patronales, las fiestas públicas y los rituales de muertos. La distinción
analítica de los apegos según escalas territoriales, atiende a la crítica que
ha corrido durante las últimas dos décadas a la aproximación transnacional,
al señalar que de lo que realmente se habla es de comunidades locales en
distintos territorios nacionales (Waldinger y Fitzgerald, 2004). Esta crítica
ha llevado a revisar el optimismo inicial de la perspectiva transnacional
(Levitt y Schiller, 2004), reconociendo diferentes grados y formas de trans-
nacionalismo y así como las formas de la simultaneidad en los procesos
locales.
Sin embargo, desde mi experiencia de investigación, hay expresiones di
ferenciadas de esos apegos en escalas múltiples, que sólo pueden ser com-
prendidas a la luz de la historia de la relación entre las comunidades locales
y la comunidad nacional en México. Una gran parte de las culturas locales en
México tienen una importante herencia indígena prehispánica, con una vida
comunitaria intensa alrededor de festividades cívico-religiosas, elección de
autoridades locales y trabajo comunitario. Estas antiguas lealtades locales
no siempre han sido bien vistas en el marco de la construcción del Estado
mexicano moderno. Según Florescano (1997:314), el reformismo ilustra
do del siglo XVIII atacó el fundamento que sostenía la economía y la so
lidaridad de los pueblos indígenas: las cajas de comunidad y las cofradías
religiosas. Ambas instituciones indígenas cohesionaban a los pueblos indí
genas, ya que constituían instrumentos de protección social por constituir
los ahorros y el trabajo colectivo de los pueblos. A mediados del siglo XIX,
la disolución de las comunidades indígenas era un objetivo explícito, por-
que el modelo de Estado exigía la supresión de las lealtades locales y la
uniformidad de la autoridad estatal. El nuevo Estado necesitaba fundar su
dominio sobre una sociedad de individuos, no podía negociar con cuerpos
y comunidades (Escalante, 1993:65).