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V olumen 55 (2018)
Es probable que Camus basara la descripción de los síntomas y la evolución
de la enfermedad en lo que expone von Domarus en su libro de Medicina Interna,
texto muy difundida en toda Europa desde la primera mitad del pasado siglo 17, 18, 19 .
La novela termina en un pesimismo premonitorio, cuando escribe el último
párrafo ya no había peste, pero “…Oyendo los gritos de alegría que subían de
la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría esta siempre amenazada. Pues
el sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los
libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede per-
manecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pa-
cientemente en las alcobas, los suelos, las bodegas, en las maletas, los pañuelos
y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y ense-
ñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad
dichosa”. Aunque como veremos más adelante esta amenaza es real, Camus la
utiliza metafóricamente, quiere dejar patente la imposible desaparición completa
de El Mal. También alimenta continuamente su tendencia filosófica basada en su
amor a la humanidad, el Hombre por encima de todo “…y para decir simple-
mente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más
cosas dignas de admiración que de desprecio”.
“La peste” es una obra fundamental en la literatura del siglo XX. Aunque de
estilo algo premioso y de lectura no fácil, el autor sabe fijar en el ánimo del lector,
durante toda la obra, la atmósfera agobiante, inquietante y lúgubre que conviene a
la narración. Se aprecia en su discurso la incertidumbre del hombre dentro de su
entorno, la existencia palpable de El Mal, y la fatalidad de la muerte.
Se le considera un clásico del existencialismo, aunque el autor descarta su
pertenencia a este movimiento. En sus últimas obras se inclina sutilmente hacia
un humanismo liberal, rechaza por igual los aspectos dogmáticos del cristianismo
y del marxismo. En 1956, en una entrevista publicada en Le Monde dice “No
creo en Dios, es verdad. Sin embargo, no soy ateo. Incluso me siento inclinado,
como Benjamín Constant de Rebenque, a ver en la irreligión, en la ausencia de
religión, algo de vulgar y de…, si de deteriorado” 20 .
En la novela, Camus trata con cierto distanciamiento al padre Paneloux, uno
de los protagonistas de la obra. Comenta con frialdad sus homilías llenas de tre-
mendismo, pronunciadas en pleno desarrollo de la plaga. Sin embargo, le muestra
como un hombre bueno, que dedica su tiempo a los apestados y que enferma y
muere con la serenidad de un asceta. Como el mismo confiesa, el escritor no es
ateo, considera inaccesible al entendimiento del hombre todo conocimiento de lo
divino y de lo que transciende la experiencia. Es un “no creyente”, hasta posible-
mente un agnóstico, que no afirma ni niega la existencia de Dios mientras ambas
posiciones no sean demostrables