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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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habían sido mortales. Poco a poco comenzó a consolidarse el tremendo diagnós-
tico, el drama que se avecinaba, pero el hombre se acoge siempre a la esperanza:
Era cierto que la palabra “peste” había sido pronunciada, era cierto que en
aquel mismo minuto la plaga sacudía y arrojaba por tierra a una o dos vícti-
mas. Pero, ¡y qué!, podría detenerse.
La plaga se difundió inexorablemente. Fue aumentando el número de victi-
mas, cien, doscientas, trescientas a la semana, - …aquellos calores coincidieron
con un aumento vertical del número de víctimas que alcanzó a cerca de sete-
cientas por semana, una especie de abatimiento se apoderó de la ciudad. El
incremento continuó imparable hasta que ocurrieron más de mil fallecimientos en
siete días. En esta terrible situación resalta la actuación, decidida y entregada has-
ta la fatiga extrema, del doctor Rieux y de sus amigos, Rambert, Grand, Tarrou,
no eran conscientemente héroes, arriesgan sus vidas sin saber muy bien porqué.
-…, Rieux preguntó a Tarrou si quería entrar (en su equipo de ayuda) y el le
dijo que sí. Un reflejo del cielo iluminaba un poco su rostro. Rieux dijo con una
sonrisa amistosa: -Vamos Tarrou, ¿Qué es lo que impulsa a usted a ocuparse de
esto? –No sé. Mi moral probablemente. - ¿Cuál? –La comprensión.
Inevitablemente, la enfermedad y la muerte de los infectados recuerda nues-
tra vulnerabilidad y nuestra finitud. Por fin, a finales de enero la epidemia cede
con relativa rapidez. Es entonces cuando el héroe y narrador de la historia, el
doctor Rieux, sufre dos tremendos golpes.
Su amigo Tarrou es uno de las últimas víctimas de la peste “Al mediodía la
fiebre había llegado a su cúspide. Una especie de tos visceral sacudía el cuerpo
del enfermo, que empezó a escupir sangre. Los ganglios habían cesado de cre-
cer, pero seguían duros como clavos, Tarrou iba derivando hacia el fondo…Y
al fin, las lagrimas de la impotencia le impidieron ver como Tarrou se volvía
bruscamente hacia la pared y con un quejido profundo expiraba, como si en
alguna parte de su ser una cuerda esencial se hubiese roto”.
A la mañana siguiente nuestro médico recibió un telegrama anunciándole
la muerte de su joven esposa. Bien es verdad que su mujer estaba en otra parte
-recibiendo un tratamiento por tuberculosis en un sanatorio- y que hacía tiempo
que su situación era delicada. Rieux, que no la veía desde el comienzo del cierre
de la ciudad de Orán por la epidemia, recibió la noticia con calma, encallado su
espíritu por los miles de muertes que había conocido en los meses del espanto.
Probablemente veía la muerte como un plácido descanso, a la manera en que
Pierre de Ronsard la estima en su Epitre à la mort:
« Je te salue, heureuse et profitable Mort
De extrêmes douleurs médecin et confort »
(Yo te saludo, Muerte, feliz y provechosa, - de dolores extremos médico y
confortación.)