Mi primera publicacion ANALES 2018 FINAL FINAL p | Page 80

80 V olumen 55 (2018) algún bromista de mal género había puesto tres ratas muertas en el corredor. Debían haberlas cogido con trampas muy fuertes, porque estaban cubiertas de sangre…Pero al día siguiente, 18 de abril, el doctor, que traía a su madre de la estación, encontró a Michel (el portero) con un aspecto aún más desencajado: del sótano al tejado, una docena de ratas sembraban la escalera. Los basureros de las casas vecinas estaban llenos…Al cuarto día las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, des- de las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos…Las cosas fueron tan lejos que la agencia Ransdoc anunció, en su emisión radiofónica de informaciones, 6.231 ratas recogidas y quemadas en el solo transcurso del día 25…El 28 de abril Ransdoc anunció una cosecha de cerca de 8.000 ratas y la ansiedad llegó a su colmo”. Manejando magistralmente el tempo para la creación de una atmósfera an- gustiosa, Camus narra la inesperada mortandad de roedores. Aún no se conocía en la población, ni entre los médicos, la causa de la muerte de tantos animales, cuando el escritor, hábilmente, prepara a los lectores para el choque que supone la descripción de la aparición de la primera víctima de la plaga. El primer caso narra- do debuta así: El viejo Michel tenía los ojos relucientes y la respiración sibilante. No se sentía bien y había querido tomar un poco de aire, pero vivos dolores en el cuello, en las axilas y en las ingles le habían obligado a pedir ayuda… En unas horas la circunstancia del enfermo se torna en extremo preocupante: Rieux encontró a su enfermo medio colgado de la cama, con una mano en el vientre y otra en el suelo, vomitando con gran desgarramiento una bilis sanguinolenta…La temperatura llegaba a treinta y nueve con cinco, los gan- glios del cuello y de los miembros se habían hinchado, dos manchas negruzcas se extendían en un costado…el portero estaba devorado por la sed. A medida que se narra la progresión de la enfermedad la sensación de angustia se transmite como una intensa desazón, con una suerte de masoquismo el lector no puede de- jar de avanzar en la narración. Al día siguiente, 30 de abril, al mediodía la fiebre subió de golpe a cua- renta. El paciente deliraba sin parar y los vómitos recomenzaron…Dos horas después, en la ambulancia, Verdoso, los labios cerúleos, los párpados caídos, el aliento irregular y débil, todo él como claveteado por los ganglios, como si algo le llamase sin tregua desde el fondo de la tierra…–¿No hay esperanza doctor? –Ha muerto –dijo Rieux. En la ciudad de Orán todavía no se conoce el origen de la misteriosa en- fermedad: –Yo no lo comprendo –Había dicho Richard–…Dos muertos. Uno en cuarenta y ocho horas, otro en tres días…Llamó a algunos otros médicos. La encuesta le dio una veintena de casos semejantes en pocos días. Casi todos