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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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muchachos, abandonan la región apestada para ir a divertirse aislados en un lugar
seguro; cada uno de ellos cuenta una anécdota o sucedido, generalmente picante;
en el relato siempre triunfa el bueno, el ingenioso, y sale malparado el fatuo 11, 12 .
La experiencia vivida durante la epidemia, inolvidable para el escritor, ha
quedado plasmada en la parte inicial de la Jornada Primera, introductoria de “El
Decamerón”, en la que cuenta como vivió -aterrorizado- la mortandad que causo
la plaga en la ciudad de Florencia.
Boccaccio comienza así: “Y digo, pues, que los años de la fructífera Encar-
nación del Hijo de Dios habían llegado a los mil trescientos cuarenta y ocho,
cuando en la egregia ciudad de Florencia, esplendida entre todas las de Italia,
sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nues-
tros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales, y fue originada
unos años atrás en las partes de Oriente, donde arrebató una innumerable
cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hacia el
Occidente, extendiéndose pavorosamente”.
Cuenta el autor que todos los sistemas que se utilizaron para atajar la epi-
demia fueron inútiles: “No valía entonces ninguna previsión ni providencia
humana, como limpiar la ciudad por operarios nombrados para tal caso, ni
prohibir que ningún enfermo entrara en la población, ni dar muchos consejos
para conservar la salud, ni hacer, no uno, sino muchos actos píos invocando a
Dios, en procesiones ordenadas y de otras maneras, por las personas devotas”.
Curiosamente se describe una diferencia entre el cuadro clínico que produ-
cía la peste en Asía y en Europa: “…, comenzó la peste sus horribles efectos,
apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente,
donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte inmediata, sino que
aquí, al empezar la enfermedad, salíanles a las hembras y a los varones unas
hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de
una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vul-
garmente se las llamaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo
por todas partes del cuerpo en poco tiempo (fig. 8) , y seguidamente se convertían
en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del
cuerpo, grandes y diseminadas o apretadas y pequeñas.
Comenta Boccaccio que tanto las bubas como las manchas y livideces tam-
bién “eran signo de muerte inmediata”.
Sigue el autor con una crítica a la clase médica: Para curar tal enfermedad
no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya
porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia
de los médicos (cuyo número, a parte del de los hombres de ciencia, habíase
hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de
Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y