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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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secuencia natural de tantos ratos de conversación fue que, casi sin pretenderlo,
llegáramos a un conocimiento, el uno del otro, bastante profundo.
Viéndonos hablar de tantos temas alguien, desde fuera, podría pensar que
nuestras conversaciones se ajustaban bastante a lo que insinuaba la encantadora
Mafalda, ese gran personaje de Quino: “A mí me da igual que la gente no piense
igual que yo… a estas alturas con que piense me conformo”.
Como he dicho al principio de mi parlamento, y con las mismas palabras
que pronunciara Martínez Baza en la referida ocasión, la capacidad de pensar y
de reflexionar es lo característico del hombre. Todo hombre, en mayor o menor
medida afirmaba, “escucha el latido de sus propios pensamientos” y, al ritmo que
impone ese latido, construye su propio vivir.
De esta manera, el hombre se convierte así en el principal protagonista de su
propio existir, habida cuenta de que son sus pensamientos los que van marcándo-
le el rumbo, al tiempo que lo enriquecen con nuevos mediterráneos que explorar.
Consideradas así las cosas entiendo que, el verdadero sentido del “yo y mis
circunstancias” de Ortega, no es tanto que el mundo exterior condicione mi inti-
midad, sino más bien al contrario, que sea mi propia intimidad la que conforme y
disponga mi mundo exterior.
Cuando se formula así, la famosa teoría de Ortega y Gasset se transforma en
una fuerte llamada a la responsabilidad pues, al convertir al hombre en el verda-
dero autor de su biografía, lo erige como un ser histórico.
Por el contrario, cuando se considera que son las cosas externas las que
modulan inexorablemente el existir, la idea orteguiana se convierte en una coar-
tada por donde se escapan, de manera sigilosa, tanto la libertad humana como la
responsabilidad personal.
Ciertamente el hombre es un ser histórico, pues vive en un tiempo concreto,
en un ambiente determinado y con unas circunstancias precisas. Pero además de
histórico es un ser libre porque tiene “capacidad de amar”, que es como el Prof.
Arellano, Catedrático de Metafísica de Sevilla, define la libertad.
Según Arellano el hombre es libre, porque tiene capacidad de amar a Dios y
a los hombres, capacidad de formar una familia o renunciar a ella y capacidad de
elegir una profesión u otra.
Y también lo es porque en esa profesión elegida, tiene capacidad para en-
contrar el lugar y el sitio donde procurar la propia realización personal y poder
influir, de manera positiva, en la sociedad.
Y esa misma “capacidad de amar” le convierte también en un ser que,
además de histórico y libre, es trascendente e irrepetible. Y en esto, fundamental-
mente, radica la extraordinaria grandeza de la persona humana.