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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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maneciera en su sepulcro sino más bien que las “alas que cubrían ese nido”,
representadas en su alma, su espíritu y su recuerdo, no queden en la fría tumba
de Las Contiendas…. Como María de Magdala, Juana o María la de Santiago, no
busquemos entre los muertos al que vive …porque su alma y su recuerdo siguen
viviendo entre nosotros.
Y con esta finalidad, la de recordar, desearía relatarles algunas pinceladas
de la obra, la importante obra, de nuestro compañero, palabras que, lógicamente,
siempre serán incompletas dada la ingente tarea que desarrolló durante su paso
por la vida.
“Deje palabras quien quiera que sin obras nada queda, porque palabras y
plumas dicen que el viento las lleva”
Ya Confucio en tiempos muy lejanos afirmaba: “Los grandes hombres son
modestos en el hablar pero abundantes en el obrar”.
Y este fue el caso del Dr. Martínez Baza
Pero vayamos con los recuerdos y las pinceladas:
Conocí a Pelegrin en el último curso de mi carrera allá por los años 1964-
65. Por aquellos tiempos, la Medicina Legal era una asignatura temible. Se decía
entre los estudiantes que era mejor matricularse en Zaragoza o en Madrid, porque
las posibilidades de aprobarla aquí eran muy reducidas. Compañeros míos, repe-
tidores lógicamente, no paraban de contar anécdotas sobre el tipo de examen oral
y las endemoniadas preguntas a las que eran sometidos, dadas las peculiaridades
y extrema dureza interrogadora, casi policial, del médico forense y Catedrático de
Legal Dr. Jesús Fernández Cabeza.
Así que, los más avispados, trataban de entablar relación con los alumnos
internos y profesores adjuntos de la asignatura y dedicar gran parte de su tiempo
a pulular por las dependencias de la Cátedra y tragarse autopsias mañana, tarde
y noche (si fuera preciso) para demostrar con hechos un interés por la asignatura
que ablandara al examinador…y evitarse viajes a las riberas del Ebro o del Man-
zanares.
Por allí andaba un joven Profesor adjunto, que, lógicamente, y por su juven-
tud, no generaba tanto respeto y sobre todo, no infundía tanto terror a sus alumnos
y colaboradores. Bueno, quizás no tanto, pero algo de terror sí que infundía. Y ya
pueden suponer a quien me refiero…
Pelegrin describía a su Maestro, el Dr. Fernández Cabeza, como hombre que
“meditaba enormemente las calificaciones que tenía que dar dejando de lado
todo mal entendido paternalismo al objeto de que las calificaciones fueran las
más acertadas posibles”. Creo que, entre líneas, empiezan Vds. a comprender lo
de tener que viajar a Zaragoza o Madrid….