Mi primera publicacion ANALES 2018 FINAL FINAL p | страница 292

292 V olumen 55 (2018) se necesita más que nunca del calor humano y de la presencia del médico, quien debe proporcionar al paciente apoyo emocional, paliar sus dolores y sufrimientos, e impedir que quede aislado de su familia, evitando prolongar de forma innecesa- ria la vida con técnicas artificiales y con fármacos, ya que no alargar inútilmente la vida como he sostenido en otras ocasiones también dignifica a la medicina. El médico debe ser un valedor de los enfermos, y, de modo singular debe proteger a los seres con vida que se sitúan en los extremos del camino humano, en los segmentos más débiles y vulnerables; desde el embrión hasta el más decrepito anciano, a menudo, solitario y carente de afectos, o inmerso en los silencios o penumbras de una mente afectada por enfermedad de Alzheimer. Debemos recordar a los futuros médicos que todo ser humano debe ser tra- tado como algo único, insustituible, e irrepetible. Esta es la dignidad constitutiva u ontológica de la persona. No cabe, pues arrebatar la dignidad a nadie, ya que el valor supremo del hombre no puede depender del juicio variable de los demás. Como ha escrito el gran oncólogo Sanz Ortiz cuyos conceptos suscribo. • Es necesario incorporar la muerte a la vida. • La sedación terminal permite culminar la vida de una forma humani- zada. • El último acto de la vida debe protagonizarlo si es posible, la propia per- sona, cuyos valores, prioridades y creencias deben respetarse siempre. • Nadie debe morir con sufrimiento, y nadie debería morir sólo. Nunca debe faltar el calor de una mano amiga. • Asistir a la muerte digna de un ser querido es un bien personal que deja un buen recuerdo y perdura en el tiempo. Lo que se persigue es dignificar, humanizar, y dulcificar el último tramo del camino de una vida y esta es una misión sagrada y obligada del médico. No podemos permitir que la tecnología, abusivamente utilizada convierta las fases finales de la vida en una experiencia insufrible tanto para el paciente como para sus seres queridos. Es decir que el médico debe ser un valedor de los enfermos, y, de modo sin- gular debe proteger a los seres con vida que se sitúan en los extremos del camino humano, en los segmentos más débiles y vulnerables; desde el embrión hasta el más decrepito, a menudo solitario y carente de afectos o inmerso en silencios y penumbras de una mente afectada por la enfermedad de Alzheimer. En otro orden de cosas nuestra Academia (de la que tanto he recibido) pone de manifiesto una vez más que sigue conservando valores universitarios como los de la gratitud y la valoración de la obra de las personas, de su valía, dedicación, entrega y prestigio acumulado. Pero nada hubiera sido posible en nuestra Facultad de Medicina y en nuestra Real Academia sin el legado de los que nos han precedido y que con su dedica-