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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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ción, talento y entrega mantuvieron viva la llama de esta venerable institución a
menudo también en épocas muy difíciles. Estimo por tanto que este acto debería
servir para honrar sus figuras, y para recordar, y enaltecer sus memorias.
Y, si me permiten la de mis Maestros, pocos, pero inolvidables; Don
Antonio Pérez Casas, Don Carlos Almaraz Quintana, Don Sisinio de Castro y del
Pozo y mi más querido y principal mentor Don Enrique Romero Velasco.
Nos enseñaron a ser médicos y (como he dicho en otras ocasiones) nos in-
citaron a transmitir los saberes y los valores esenciales de la medicina, como un
hilo conductor inherente a la auténtica vocación universitaria.
Para todos ellos que se encuentran ya en el silencio de las sombras mi más
profundo respeto, recuerdo entrañable, gratitud y admiración eternas. Su obra
y su testimonio, sin duda, impregnaron los muros de nuestra institución porque
hicieron de su paso por la vida un ejemplo permanente de altruismo, vocación,
entrega, nobleza, dignidad y talante universitario de ellos tomamos la medida y
el canon de un mundo difícil pero posible porque nos ilustraron también sobre la
ética, la estética y el arte de la vida.
Permítanme finalmente que haga referencia sobre algunas cuestiones de
nuestro tiempo que como universitario me inquietan.
La ciencia es el motor de un país o si ustedes prefieren cuando la inves-
tigación científica constituye el verdadero motor económico de una sociedad,
es lamentable que la universidad y la investigación no formen parte de nuestro
orgullo patrio.
En algunos países como Estados Unidos la investigación I+D+i es sagrada.
En nuestro país solo la fama que alcanzan algunos futbolistas y personajes de
insulto fácil, parecen ser lo rentable y la investigación científica poco estimulada
y potenciada parece no poseer valor y recoge con frecuencia la indiferencia.
Además, hemos de admitir, con respeto que en España no se precisan tantas
universidades, y se necesitan por contra más universitarios de excelencia. Por
tanto, considero básico e imprescindible rivalizar por los mejores, seleccionar
adecuadamente a las personas y siempre sobre la base del mérito y de la calidad.
Señoras y señores, la investigación y educación deberían ser tratadas con
más medios y esmero, con una visión a largo plazo y no sólo para recoger solo
frutos inmediatos de rentabilidad política. Es bien conocido que una buena for-
mación intelectual y profesional siempre ha acompañado a las sociedades más
avanzadas.
Como colofón a todo lo anteriormente expuesto considero que sería desea-
ble que empezáramos hablar de valores nuevamente, porque se han perdido: El
respeto al bien común, la verdad sobre la hipocresía, el valor frente al desdén y la
cobardía especialmente cuando esta es subrepticia y cargada de maledicencia; la
humildad frente a la arrogancia impertinente y fatua; la justicia frente a la espe-