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V olumen 55 (2018)
Emil Kraepelin (1856-1926) fundador de la Psiquiatría clínica moderna, a pesar
de sus aportaciones a las grandes psicosis a comienzos del siglo XX, los prime-
ros fármacos realmente efectivos surgieron medio siglo después. Recordemos
como en 1924 se empleaba la terapia convulsiva, otros psiquiatras más agresivos
llegaron a practicar las temibles lobotomías frontales ideadas por Egas Moniz y
Almeidas Lima en 1935, todavía en 1949 se creía en el litio, la malarioterapia
(1917) o la provocación de abscesos, con la creencia que la enfermedad febril
curaría la demencia, como nos pinta Cervantes al final de la segunda parte del
Quijote, en el último capítulo de El ingenioso Caballero Don Quijote de la Man-
cha, cuando las fiebres curan su locura, muriendo en plena lucidez rodeado de los
suyos. La terapia electroconvulsiva (TEC), todavía se seguía utilizando, como en
el Hospital Clínico de Valladolid, a pesar del debate y la oposición de numerosos
internitas y psiquiatras. La TEC, incluso bajo anestesia, puede conllevar efec-
tos no deseados, para tratar cuadros de depresión que no han respondido a otros
tratamientos, también para la manía, catatonia, esquizofrenia entre otros trastor-
nos mentales. Esta terapia empezó en los años treinta del siglo pasado; aunque
en la actualidad alrededor de cientos de miles de personas en el mundo reciben
TEC cada año. Hubo que esperar hasta 1952 con la introducción en la clínica
del primer antipsicótico eficaz, la clorpromazina, en 1958 el haloperidol al que
siguieron los antipsicóticos de segunda y tercera generación como la clozapina y
la olanzapina entre otros, hasta el abanico actual de drogas de auténtica eficacia
en la demencia precoz. Estas someras referencias nos alarman del desasosiego de
eminentes psiquiatras que se veían impotentes ante los enfermos esquizofrénicos.
El relato del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, en su autobiografía Pretérito
imperfecto y la Casa del Olivo, nos dibuja el panorama desolador del hospital
psiquiátrico de Laganés, en cuyo sótano deambulaban los enfermos completa-
mente demenciados. En el tránsito del siglo XIX al XX, los psicoanalistas, inter-
nistas y neurólogos, influidos por el naciente freudismo empezaron a subrayar la
dimensión personal del enfermo. Con ello querían significar la importancia en el
tratamiento de la relación interpersonal médico-enfermo, razón por la que Valen-
tín Horst en 1897 subrayaba la necesidad de ganar la confianza del paciente que
debía sentirse comprendido por el médico. En el primer tercio siglo XX fueron
Ludolf von Krehl y Viktor von Weiszäecker, quienes iniciaron la medicina psico-
somática y la consideración biográfica y personal del ser enfermo. Esta relación
personal en la consulta médica se ha abierto paso como una necesidad imperiosa
para el ejercicio de una medicina plenamente humana.
El mundo actual, si consideramos el espacio temporal subsiguiente a 1945
finalizada la Segunda Guerra Mundial, se ha producido una auténtica revolución
en el tratamiento medicamentoso Esta etapa de la medicina ha sido bautizada
como The Wonderfull Fifty Years, debido al auge exponencial de la terapéutica y