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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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pronosticar las dolencias que sus posibilidades terapéuticas. Debido a la escasez
de fármacos realmente eficaces, los médicos dedicaban mayor atención a inves-
tigar las causas de la enfermedad y su patogenia que a conseguir la curación del
enfermo. Esta paradoja puede rastrearse en los grandes clínicos españoles del
periodo de entreguerras, como el caso del renombrado profesor en Valladolid,
Misael Bañuelos García, cuya pericia clínica se veía impotente ante los limitados
horizontes de la farmacopea a la sazón vigente. Unos años antes el gran clínico
parisino Georges Dieulafoy (1839-1911) llamado le Beau Dieulafoy, cuyas elo-
cuentes lecciones clínicas lograron fama en todo el Mundo, apeló a la fe que cura
como arma terapéutica (la foi qui guerie). Aquella etapa fue la “Edad heroica
de la Medicina”, en la que existía un abismo entre los conocimientos clínicos,
anatomopatológicos y bacteriológicos, que contrastaban poderosamente con una
mermada farmacopea. El psicoanalista vienés Fritz Wittels (1880-1950), llegó a
decir, recordando sus años de formación que “parecía que se hubiesen olvidado
de curar a los enfermos”.
A comienzos del siglo XX, el médico francés Henri Huchard, dio a conocer
el libro La Terapéutica en veinte medicamentos (1900), cuya primera edición
española es de 1910. En este libro, según Laín, se resumen los fármacos eficaces,
eran estos: los opiáceos, el mercurio, la quinina, la nuez vómica, la digital, el
arsénico, el fósforo, la ergotina, la belladona, el coral, el bismuto, los bromuros,
los hipnóticos, los purgantes, los antisépticos, los anestésicos, los antipiréticos,
los nitritos, los sueros y vacunas y los extractos animales. Esta limitación condi-
cionaba la consulta médica y la acción terapéutica del médico. Algunos fármacos,
como los diuréticos mercuriales no siempre eran beneficiosos para el enfermo,
dada su toxicidad. Gracias al positivismo experimental fue posible el tránsito de
una farmacopea tradicional al actual arsenal terapéutico. El auge de la terapéu-
tica desde finales del siglo XIX, y especialmente a partir de 1945 fue realmente
maravilloso.
Como hemos anticipado, semejantes debieron ser las circunstancias que re-
vistió el ejercicio clínico en la vida asistencial del Hospital Provincial de Valla-
dolid, inaugurado en 1889, vinculado a la Facultad de Medicina hasta 1978. A lo
largo de la primera mitad del siglo XX, algunos grandes clínicos como el antes
citado Misael Bañuelos García, o León Corral y Maestro, entre otros, se veían
con escasos éxitos terapéuticos a pesar de sus excelentes diagnósticos clínicos.
Dos procesos morbosos, como el tifus abdominal o la tuberculosis pulmonar no
encontraban, entre otros, terapéutica eficaz Recordemos las toracoplastias en la
tuberculosis pulmonar, o las gastrectomías en los ulcerosos cuyas consecuencias
no fueron siempre las deseadas. Éstos clínicos poco podían hacer salvo la fuerza
curatriz de la naturaleza del enfermo, algo similar al paradigma hipocrático del
siglo V antes de Cristo. En el caso de las enfermedades mentales se considera a