Mi primera publicacion ANALES 2018 FINAL FINAL p | Page 22
22
V olumen 55 (2018)
en los años finales del siglo XIX presentaba rasgos propios. En primer lugar una
excelente anamnesis, que mostraba una historia clínica exhaustiva, desde el punto
de vista anatomoclínico. La consulta incorporaba el examen físico del paciente,
y las contribuciones del laboratorio. Con esta finura clínica fueron descritos cen-
tenares de nuevos signos objetivos, y establecieron un amplio elenco de nuevas
enfermedades hasta ahora etiquetadas por los síntomas. El médico se convirtió en
un erudito de la clínica, con un exhaustivo conocimiento de los cuadros clínicos
con los síntomas y signos patognomónicos, que desde entonces llevan el epónimo
de su descubridor (Romberg, Babinski, Kusmaul etc.). La brillante clínica y los
medios auxiliares permitieron elevar el diagnostico a la certeza absoluta, eran
genuinos diagnósticos diferenciales, organizado en torno al diagnostico princi-
pal. En cambio, y pese a este cúmulo de saberes, la terapéutica seguía siendo no
sólo mediocre sino terrible, ante la ausencia, salvo contados casos, de recursos
eficaces.
El auge de la base científica y experimental de la Medicina proporcionó a los
profesionales del arte de curar enorme prestigio ante los ojos del enfermo. Al me-
dico se le admiraba por su saber, más que por sus curaciones, reléase La montaña
mágica (Der Zauberberg) novela de Thomas Mann que se publicó en 1924, para
comprender nuestro anterior aserto, donde los excelentes cuidados del enfermo y
el certero diagnostico no encontraban soluciones terapéuticas. El prestigio social
del médico se acompañó de excelentes exámenes físicos, mediante la imposición
de manos sobre el cuerpo enfermo, como las maniobras de palpación, gesto sig-
nificativo y ritual, que sugería como el paciente estaba en manos de su médico.
Estas razones explican que el médico desde finales del siglo XIX adquiera
la consideración social de sabio y se integre en los estratos privilegiados de la
sociedad burguesa. Algunos médicos pasaron a ser símbolos nacionales como
Robert Koch en Alemania, y a la muerte de Claude Bernard, según la conocida
frase de su discípulo Paul Bert. Por vez primera a un hombre de ciencia se le
rinden honores de Estado”. Más tardíamente en 1960 nuestro Gregorio Marañón
a su muerte recibió, en olor de multitud, el fervor del pueblo de Madrid. Aparece
la figura del médico e investigador como sabio, como Santiago Ramón y Cajal,
junto al microscopio en una actitud beatífica, es significativa de la autoridad y
prestigio de la ciencia médica, todavía hoy a Cajal en las ciudades españolas, se
rotulan con su epónimo, plazas y calles públicas.
El prestigio alcanzó al médico de familia, le facultaba una estrecha relación
personal con el grupo humano, llegando a formar parte del círculo más íntimo
de la familia. La consulta médica comprendía, además de los aspectos clínicos,
consejo y asesoramiento en problemas personales de los pacientes o de la fami-
lia. El médico gozaba no sólo de prestigio científico sino de autoridad moral.
Este prestigio y autoridad era fruto más de su capacidad para diagnosticar y