Mi primera publicacion ANALES 2018 FINAL FINAL p | Página 21

A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid 21 concepción lesional de la enfermedad con el estetoscopio a partir de 1816. Desde entonces el médico había iniciado un creciente contacto físico con el cuerpo del paciente en el acto de la consulta clínica. El desarrollo de la anatomía patológica mediante la acción combinada de la observación clínica de los pacientes en el curso de la enfermedad, permitía por vez primera establecer el verdadero diagnóstico, superando la lesión al síntoma clínico. El diagnóstico lesional sustituyó al tradicional basado en la sintomato- logía dominante en el cuadro clínico. El desarrollo de la histopatología, gracias el microscopio a partir de 1850, fue uno de los motores de la medicina del siglo XIX. A pesar del enorme caudal de conocimientos, y una mejor exploración clí- nica, con diagnósticos certeros, los progresos de la terapéutica eran escasos. Con cierta ironía se decía que los enfermos eran certeramente diagnosticados en el Hospital General de Viena por el clínico Joseph Skoda, y exhaustivamente autop- siados por el patólogo Karl Rokitansky, todo lo cual condujo al llamado “nihilis- mo terapéutico”, lo mejor era no hacer nada. Los excelentes clínicos y mejores patólogos, pese a un caudal exhaustivo de conocimientos, no obtenían resultados terapéuticos. Las posibilidades y el conocimiento diagnóstico se incrementaron, aún más si cabe, con el nacimiento de la Bacteriología en el último tercio del Ochocientos, con los descubrimientos de Robert Koch y Louis Pasteur con sus respectivas es- cuelas. El hallazgo del agente causal de la tuberculosis (Koch, 1882) o la vacuna antirrábica (Pasteur, 1885), con la antitoxina diftérica (Bhering 1890), reafirma- ron el carácter científico del médico y la medicina aportando recursos eficaces en la lucha contra la enfermedad. El resultado conjunto de estas tres grandes doctri- nas (la anatomía patológica, la medicina de laboratorio y la bacteriología) encau- zaron el diagnostico médico en la senda de la ciencia experimental. El resultado fue que a finales del siglo XIX el médico era capaz de establecer diagnósticos seguros y pronosticar con razonables argumentos el curso de la enfermedad. Los logros terapéuticos eran todavía modestos en 1900, en líneas generales se disponía de un puñado de vacunas, el salvarsán para la sífilis (Ehrlich 1909), y un escaso elenco de sedantes, analgésicos, la quinina y los digitálicos. Existía un cúmulo de procesos virásicos y bacterianos para los cuales el médico estaba inerme. Un elevado listado de procesos como las enfermedades degenerativas, artritis, afecciones coronarias, hipertensión, estados diabéticos, y procesos tumo- rales, entre otros muchos sólo contaban con recursos paliativos. Esta situación explica la sentencia, atribuida a Troudeau (1916) que la medicina cura algunas veces, alivia a menudo, y consuela siempre. (Guérir quelquefois, soulager sou- vent, consoler toujours) tal era el notable desfase entre el progreso clínico y diag- nostico, ante la menguada terapéutica. Con estos precedentes la consulta médica