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V olumen 55 (2018)
señores, razón por la cual la mayoría de los médicos y cirujanos aspiraban al ejer-
cicio en el Ejército y la Marina, con retribuciones superiores.
Las penurias de los profesionales suscitaron tensiones con los enfermos,
que en casos concretos no aceptaron las recomendaciones terapéuticas de sus
médicos. No fue infrecuente el rechazo de los enfermos ante la prescripción de
sangrías, ventosas, sangujuelas, vomitivos o purgas, que representaba el arsenal
terapéutico más frecuente de nuestros médicos del siglo XVIII. La displicen-
cia de los enfermos nacía de la desconfianza de la profesión médica. A pesar
de encontrarnos en plena Ilustración europea la eficacia curadora del médico no
era mayor que las otras formas de recursos alternativos. Siglos de diagnostico y
terapéutica basada en los “humores” y las “fibras”, con sus escasos resultados
curativos, en ocasiones lesivos para el enfermó, radicaba la crítica molieresca o
el sarcasmo quevedesco.
La medicina tradicional, desde Hipócrates sufrió un giro radical a partir de
1800, momento en el que se inicia el periodo moderno, basado en el auge de
la ciencia y la introducción de los métodos experimentales. Karl Rothschuh ha
estudiado la evolución de la tecnología médica a lo largo del siglo XIX, entre
1800 y 1914, la conclusión es sorprendente. Hacia 1800 el médico no disponía de
ningún instrumento de exploración y análisis clínico, salvo el termómetro, pero
en 1900 su número había sufrido un crecimiento exponencial. Esta tecnificación
de la medicina, y por ende de la consulta con el enfermo, ha cambiado la faz del
ejercicio profesional. Este enriquecimiento instrumental llega hasta nuestros días,
y condiciona todos los aspectos del arte médico, por supuesto de la consulta mé-
dico-enfermo y de su relación interpersonal.
Lo que distingue el periodo moderno de la medicina tradicional, fue el esta-
blecimiento de la Fisiopatología y la introducción de la medicina de laboratorio,
según la expresión de Claude Bernard, como método de investigación experi-
mental en contraste con la medicina del milenio anterior. En primer lugar el mé-
dico empezó a conjugar la investigación clínica con la ciencia experimental, al
paso que introdujo de forma sistemática el examen postmortem para verificar la
exactitud del diagnóstico clínico. Ambos método el fisiopatológico y el anatomo-
clínico fueron protagonistas en la revolución que sufrió el arte médico en el siglo
XIX, convertido ahora en ciencia comprobada con el banco de experimentación.
En primer lugar la exploración clínica empezó a enriquecerse en el siglo
XIX, conjugaba así el arte médico con la ciencia experimental, con la introduc-
ción de la medicina anatomoclínica (percusión y auscultación). Con estos nuevos
recursos el médico podía examinar al paciente más allá de la inspección de la len-
gua, la observación de la orina y el pulso. Aunque la percusión la había inventado
Leopoldo Auenbrugger en 1761, no empezó a utilizarse hasta Jean Nicolás Corvi-
sart en 1805. Gracias a la escuela parisina, y a Laënnec quien sentó las bases de la