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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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culo reunió veintiocho historias clínicas y una conclusión definitiva en la historia
de la Medicina : la vacunación con el cow-pox prevenía el contagio varioloso. En
España la más acabada muestra del naciente empirismo clínico se debe al médico
catalán Gaspar Casal, autor de la Historia Natural y Médica del Principado de
Asturias (1762), publicada a título póstumo, que lo llevó a describir la pelagra o
mal de la rosa. En estos tres autores los progresos y descubrimientos se debieron
exclusivamente a la observación clínica de los enfermos y el curso del proceso
morboso.
En siglo XVIII el diagnostico era eminentemente clínico, teniendo en consi-
deración el síntoma principal, sin que en ningún momento el médico se plantease
establecer el diagnóstico diferencial del proceso morboso. La novedad atañe a la
práctica de necropsias, iniciadas las primeras autopsias postmortem hacia 1500,
a finales del Setecientos la experiencia adquirida constituyó un hecho de relevan-
cia científica, a partir de la obra de Morgagni (1761), pero su importancia para
el diagnóstico clínico sólo tuvo consecuencias en pleno siglo XIX. Todos estos
logros no modificaron el enorme lastre de una terapéutica sorprendente, de la que
pocos específicos eran realmente eficaces, excepto la corteza de quina y el láuda-
no o tintura de opio. La revisión de las Farmacopeas del siglo de las Luces arroja
ciertamente un balance de jarabes, mixturas, espíritus, infusiones, y extractos de
eficacia más que dudosa, amén del abuso de la sangría, el clister y otros remedios
evacuantes.
Los profesionales médicos del siglo XVIII y primeros lustros del XIX, de-
dicaban la mayor parte de su tiempo durante la consulta, al diálogo del paciente y
sus dolencias anteriores y su estado presente, gracias a una detenida conversación.
A través de este amplio interrogatorio el médico aspiraba a conocer la “constitu-
ción” del paciente, como los humores, las fibras según la patología tradicional,
siendo el pulso, la observación de la orina y excreta, junto al examen directo de
la lengua, los recursos básicos de la exploración tradicional. Especial relevancia
tuvo el pulso, sobre el cual se llegaron a publicar amplias monografías, una de las
más leídas en Europa fue la del malagueño Solano de Luque. Ésta era la esencia
del arte diagnóstico tradicional, puro diagnóstico sintomático, sin referencia a las
lesiones ocultas ni por supuesto a las alteraciones fisiopatológicas. Esta situación
obraba en detrimento del prestigio del médico, puesto que no faltaron la crítica
mordaz o la caricatura burlesca del médico, la sangría y el clister, de la que los
dibujantes y pintores han dejado testimonios de extraordinario realismo. En el
caso español la profesión estaba en manos de cirujanos-barberos numéricamente
cuadruplicaban a los escasos médicos salidos de las Universidades, pero el pano-
rama en el resto de Europa era similar. Estos profesionales gozaban de escasos
ingresos, salvo una minoría privilegiada al servicio de la Corona y de los grandes