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220 V olumen 55 (2018) obviar —nos encontramos en él— la posterior ubicación de la Real Academia de Medicina y Cirugía. 5. Seminario y convento de clausura Sobre el espacio del Hospital Clínico, debemos destacar dos edificios de carácter religioso que fueron derribados y como instituciones trasladados para la construcción de este centro hospitalario. El primero de ellos fue el seminario diocesano y el segundo el que fue, finalmente, convento de Jesús María de las monjas concepcionistas franciscanas. Todavía en el siglo XIX la vida del semi- nario discurría, desde 1588, en una casa maltrecha que se encontraba en la lla- mada calle de la Obra, junto a la Catedral en construcción —hoy calle Arribas, en recuerdo del catedrático Julián Arribas—. Con todo, el obispo Ribadeneyra aportó una serie de mejoras que no fueron suficientes, como lo prueba la casa que compró el ya arzobispo Luis de La Lastra, que adquirió un edificio en la calle de la Parra —hoy Duque de Lerma—, casa finalizada en 1862 y que trataba de proporcionar mayor desahogo al primitivo seminario. Será en los años ochenta del siglo XIX cuando el arzobispo Benito Sanz y Forés consiguió inaugurar el nuevo edificio, de nueva planta, de tres pisos y en el Prado de la Magdalena. Sanz y Forés, que como recuerdan da nombre a la calle lateral del Hospital, había sido obispo de Oviedo anteriormente. Algunos historiadores de la literatura afirman que se pudo convertir en el modelo literario del obispo don Fortunato en la novela de Leopoldo Alas Clarín “La Regenta”, mientras que el magistral, don Fermín de Pas, podía retratar a quién en ese momento tenía esta canongía en la Catedral de Oviedo, José María de Cos, que con el tiempo también fue cardenal-arzobispo de Valladolid. Sanz y Forés, como arzobispo de esta diócesis vallisoletana, fue un prelado reformador, que consolidó distintas estrategias. El cambio de edificio no tenía comparación y allí se estableció incluso la Universidad Pontificia de Estudios Eclesiásticos que es como se denominó a al- gunos centros de formación sacerdotal de las sedes metropolitanas en aquellos momentos. Fue el cardenal Cascajares, en 1897, el que consiguió este cambio. El cardenal se convirtió en canciller de la misma y éste brindaba esta institución a la ciudad de Valladolid. Así, en sus aulas se podían cursar las facultades de teo- logía, derecho canónico y filosofía escolástica, otorgando los grados académicos de licenciado y doctor en las tres facultades. Este rango se mantuvo hasta 1931 con la reforma de los estudios eclesiásticos que estableció el papa Pío XI. Fue la desaparición de la que se consideraba “joya de la corona” de la archidiócesis de Valladolid. El Seminario estaba aislado de la vida ciudadana. Es cierto, que los semina- ristas participaban de las funciones catedralicias y que un día a la semana pasea- ban ataviados con sus becas, conocidos popularmente como los “cangrejos”, sin