Mi primera publicacion ANALES 2018 FINAL FINAL p | Página 219

A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid 219 un marido aragonés, Castilla se enfrentaba a Francia. Así, doña Isabel se dirigió a las principales ciudades de Castilla para comunicarlas su decisión; huyó en vera- no de 1469 del intento de arresto por parte de su hermano, llegando a Valladolid a finales de agosto. Las negociaciones con Aragón se desarrollaron en el más ab- soluto de los secretos. Finalmente, Fernando salió disfrazado de Zaragoza hacia Castilla el 5 de octubre, acompañado únicamente por seis personas, como criado de mozo de mulas. Uno de los acompañantes era el cronista Alfonso de Palencia que recogió las aventuras que sufrieron en el camino, salvándose el ya rey de Sicilia de la muerte cuando un centinela nocturno le golpeó en la cabeza con una piedra. En Dueñas se hallaba el 12 de octubre y se conocieron la futura pareja en Valladolid, dos días después. Tarsicio Azcona, en una de las biografías más importantes que se han escrito de la reina Isabel en el siglo XX, matiza detalles del encuentro, pudiendo recibir Isabel la indicación de Gutierre de Cárdenas para aclararle quién era su futuro esposo entre los que llegaban: “ése es”. Eran primos segundos aquellos dos Tras- támara, por lo que era menester una dispensa pontificia que no había llegado. El arzobispo Alfonso Carrillo, en un acto de confianza en sí mismo, utilizó una bula falsa firmada por el anterior Papa y no por el reinante en aquellos momentos. Indicaron los relatos contemporáneos que entre Isabel y Fernando existió “amor a primera vista”, cuestión que no es menester evaluar, no siendo aquel el motivo del enlace. Fernando había mantenido una relación con la catalana Aldonza Roig, contando con dos hijos —por lo menos—, uno de ellos aquel Alonso de Aragón que llegó a ser arzobispo de Zaragoza. La ceremonia del matrimonio se celebró en el mencionado palacio de los Vivero el 18 de octubre. Al día siguiente tuvo lugar la misa de velaciones —pos- terior al casamiento— en la iglesia de Santa María la Mayor, las actuales ruinas de la Colegiata. La nueva pareja, tras las supuestas ilegitimidades de matrimonios pasados, tuvo que plegarse a la comprobación de la consumación, cuando la sá- bana del tálamo nupcial fue mostrada. El rumbo de la monarquía había cambiado desde aquella unión, a pesar de que el matrimonio fue ilegítimo hasta que la cuestión de la bula fue zanjada por Sixto IV en 1471, cuando la pareja real ya dis- ponía de su hija primogénita, bautizada también como Isabel. La bula real llegó a Castilla de la mano del cardenal valenciano Rodrigo Borja, el futuro papa Ale- jandro VI. Una indisciplina eclesiástica —poco importa si con el conocimiento de la futura reina de Castilla— más habitual entre las gentes sin recursos. Cuando moría, a finales de 1474, Enrique IV en el Alcázar de Madrid, Isabel fue procla- mada como Reina de Castilla, todavía con mucha guerra, civil e internacional, hasta alcanzar la paz y el orden, coordenadas que según los cronistas eran sinó- nimo del reinado Isabel y Fernando. Dentro del Palacio de Vivero, no podemos