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218 V olumen 55 (2018) cipales acontecimientos de la vida sacralizada de un individuo, los escribanos no estaban ausentes en las cartas de matrimonio y dote, a la hora de testar e inventa- riar los bienes, en la concesión de poderes, en el arrendamiento de una tierra o en el alquiler de una casa, así como en la fundación de un censo perpetuo. Cumplían por tanto funciones notariales. No eran despreciables las inquietudes culturales de los letrados, manifestadas en sus librerías particulares. Del alojamiento de los que llegaban a litigar se encargaban un buen número de viudas que alquilaban las habitaciones libres de sus respectivas casas en las parroquias vecinas del Tribunal. Hablamos de las de San Martín, San Pedro, San- ta María la Antigua y la Magdalena, además de la infraestructura de mesones y tabernas. En estas mismas se ubicaban las casas de los funcionarios de justicia: “contino es grande el concurso de gentes que de todas partes en esta villa halla”, escribía Pedro de Medina. Muchos residían alrededor de la Chancillería. Lo que sucede es que la piqueta se ha encargado de eliminar muchas de las casas palacios que existían en las calles que salen desde aquí hacia el centro de Valladolid. Re- cuerden como eran las del Prado, San Martín, Corredera de San Pablo o Angus- tias, sin olvidar Torrecilla, Gondomar, Empecinado o Democracia —nombre este último relativamente reciente, pero de gran resistencia porque se mantuvo, casi sin enterarse, en la pequeña calle que comunica Gondomar con Real de Burgos durante los cuarenta años de dictadura—. 4. Del matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón Decíamos antes que la Audiencia y Chancillería se había establecido en el antiguo Palacio de los Vivero, residencia nobiliaria que había servido anterior- mente para que en su sala rica se casasen los príncipes Isabel de Castilla y Fer- nando de Aragón —los futuros Reyes Católicos—, un 19 de octubre de 1469. El matrimonio de la que era en aquellos momentos heredera de Castilla, por dispo- sición de su hermano Enrique IV en los Acuerdos de los Toros de Guisando de 1468, era una cuestión capital en la política internacional de esta segunda mitad del siglo XV. Distintos eran los candidatos, apoyados por diferentes facciones, en un clima de guerra civil como el que existía en la Castilla sobre la que reinaba Enrique IV, más conocido con el sobrenombre del “Impotente” —bien estudiado por don Gregorio Marañón—: por una parte el rey Alfonso V de Portugal; por otra el duque de Guyena, maltrecho hermano del rey de Francia; y, finalmente, Fernando de Aragón, primo segundo de la princesa e hijo de Juan II de Aragón. Doña Isabel intervino en la elección y eligió a este último, decisión no apoyada por su hermano y que exigió buscar una villa que acogiese esta celebración por hallarse gobernada por partidarios isabelinos. Era el caso de Valladolid y de la casa de Pérez de Vivero, señor de Fuensaldaña. Decantarse por un candidato o por otro, era hacerlo por una determinada política internacional. Por ejemplo, con