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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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gran interés por la conservación del linaje, causa que originaba multitud de plei-
tos. Vizcaínos que, por otra parte, buscaban su expansión por otras tierras, ante la
estrechez de las originarias. En sus nuevos destinos no era fácil la conservación
de su hidalguía. Cuando eran considerados como pecheros y se les pedía el pago
de los impuestos, interponían pleito ante el juez mayor de Vizcaya, demostrando
su linaje y la nobleza de sus solares. Precisamente una nueva sala, la de Hijosdal-
go, solamente existía en las Chancillerías de Valladolid y de Granada, no apare-
ciendo en otras audiencias de la metrópoli o de América. A ella le correspondía
dirimir sobre los pleitos de hidalguía. Los asuntos criminales eran competencia
de la Sala de lo Criminal con sus alcaldes, aunque éstos actuaban también en
asuntos civiles en primera instancia, cuando se suscitaban en Valladolid o en su
ámbito cercano de cinco leguas.
Los sueldos de estos funcionarios no eran elevados, pero contaban, así lo
denominaríamos hoy, con complementos, permaneciendo exentos del pago de
impuestos, haciendo extensivo este privilegio a sus familiares y criados. Ellos
tenían, por ejemplo, acceso a la carne más fresca que llegaba a Valladolid. Los
funcionarios más importantes, los oidores, encontraban en la Chancillería un pri-
vilegiado trampolín para desempeñar otros cargos en la administración. Un estilo
de vida que, con todo, podía ser semejante al de la nobleza media y a los caballe-
ros pertenecientes al patriciado urbano. Las procedencias familiares podían ser
las mismas, aunque tampoco faltaban artistas de prestigio que, comprando un ofi-
cio en la Chancillería, aseguraban su porvenir. Fue el caso de Alonso Berruguete.
Aun así, las posiciones económicas de los letrados no eran homogéneas.
Los escribanos de cámara y los relatores eran los oficios más valorados de
los asociados a la Chancillería. Junto a estos funcionarios que habían comprado
o recibido su oficio por transmisión se encontraban aquéllos que se hallaban al
servicio de los litigantes. Eran los abogados, procuradores y solicitadores. Los
abogados eran licenciados en leyes (derecho civil), mientras que los procura-
dores y solicitadores no lo eran habitualmente. Ellos se encargaban de preparar
los pleitos. Algunos de los abogados alcanzaban un prestigio y, por ende, una
posición económica muy notable, con una clientela fija. Fue el caso de Francisco
de Butrón. Éste construyó su palacio detrás del de los reyes, en la llamada Plaza
de los Leones, hoy de las Brígidas. En su fachada se realizó el labrado de unos
medallones que hacían referencia a la actividad profesional de Butrón: la paz y la
justicia, la concordia y la caridad, escenas inspiradas en grabados flamencos. En
1592, el Colegio de Abogados iniciaba su andadura, consiguiendo la aprobación
de estatutos y ordenanzas y destacando en el servicio a los pobres —los abogados
de pobres de la cárcel—.
Al grupo que Bartolomé Bennassar denominaba los infra-letrados pertene-
cían los escribanos ordinarios. Si los párrocos se hallaban presentes en los prin-