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216 V olumen 55 (2018) ordenaba la medida inversa: las ferias regresaban a Medina y la Chancillería via- jaba a Burgos. En julio 1606, meses después de la salida de Felipe III con la Corte hacia Madrid, volvía el Tribunal a la antigua Corte. En poco tiempo se nombró al primer archivero de la misma en la persona de Rodrigo Calderón, debiendo éste construir un archivo con los pleitos fenecidos, según establecían las Ordenanzas, cuestión —me refiero al Archivo— que es de plena actualidad hoy pues es uno de los archivos históricos nacionales más importantes de España. El presidente de la Chancillería era la cabeza y el responsable del gobierno del mismo en un cargo que no era vitalicio, auténtica autoridad dentro de Va- lladolid y representante de la del Rey cuando éste estaba ausente, ocupando de esta manera el primer lugar en los actos públicos, por delante de la Inquisición, el abad, el cabildo, el claustro universitario y el corregidor. Hasta mediados del siglo XVI abundaron los obispos en este oficio. Junto a los presidentes prelados estaban los presidentes juristas, procedentes de los colegios mayores de las tres grandes Universidades. También los hubo profesores de la Universidad, además de caballeros de las Órdenes Militares. La entrada del presidente venía dada por un ceremonial desarrollado entre los siglos XVI al XIX, por el cual desde el lugar llamado de “Río Olmos” y del convento del Carmen Calzado, recibía la cumplimentación de las principales instituciones y hacía su entrada pública sobre la grupa de un caballo, acompaña- do también de los funcionarios del Tribunal. En el siglo XVIII tanta ceremonia hacía difícil encontrar el número necesario de caballos —hasta unos doscientos cincuenta—, sustituyéndolos por coches. La autorización la tuvo que hacer el Consejo Real haciendo extensiva esta nueva costumbre a la de Granada, sede de la otra Chancillería que se estableció en tiempo de los Reyes Católicos y cuya primera sede fue en Ciudad Real —el río Tajo era la divisoria—. La presencia de esta autoridad continuaba en los grandes acontecimientos religiosos, como en la procesión del Corpus Christi. Al entierro de Marina de Escobar, mujer de gran popularidad en el barroco, decidieron no acudir como Audiencia, aunque hicieron consulta al Consejo de Castilla ante la opinión mayoritaria de santidad que tenía el pueblo hacia ella. De esta manera participaron algunos funcionarios de la mis- ma a título particular, “a la deshilada” como se decía entonces. Todo ello probaba la presencia social de la Chancillería en la vida de Valladolid. Los pleitos civiles eran despachados por los oidores, siendo todos ellos ju- ristas de gran prestigio. Junto con el presidente se reunían dos veces por semana en el Acuerdo, desde el cual despachaban los asuntos judiciales y de régimen interno del tribunal, además de los negocios políticos y el examen de abogados, quedando acta de todo ello en los Libros del Acuerdo. La Sala de Vizcaya era pro- pia de esta Chancillería vallisoletana, fallando en ella las causas de todo tipo, en las que se encontrasen implicados los originarios de Vizcaya. En ellos existía un