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V olumen 55 (2018)
ordenaba la medida inversa: las ferias regresaban a Medina y la Chancillería via-
jaba a Burgos. En julio 1606, meses después de la salida de Felipe III con la Corte
hacia Madrid, volvía el Tribunal a la antigua Corte. En poco tiempo se nombró al
primer archivero de la misma en la persona de Rodrigo Calderón, debiendo éste
construir un archivo con los pleitos fenecidos, según establecían las Ordenanzas,
cuestión —me refiero al Archivo— que es de plena actualidad hoy pues es uno de
los archivos históricos nacionales más importantes de España.
El presidente de la Chancillería era la cabeza y el responsable del gobierno
del mismo en un cargo que no era vitalicio, auténtica autoridad dentro de Va-
lladolid y representante de la del Rey cuando éste estaba ausente, ocupando de
esta manera el primer lugar en los actos públicos, por delante de la Inquisición,
el abad, el cabildo, el claustro universitario y el corregidor. Hasta mediados del
siglo XVI abundaron los obispos en este oficio. Junto a los presidentes prelados
estaban los presidentes juristas, procedentes de los colegios mayores de las tres
grandes Universidades. También los hubo profesores de la Universidad, además
de caballeros de las Órdenes Militares.
La entrada del presidente venía dada por un ceremonial desarrollado entre
los siglos XVI al XIX, por el cual desde el lugar llamado de “Río Olmos” y
del convento del Carmen Calzado, recibía la cumplimentación de las principales
instituciones y hacía su entrada pública sobre la grupa de un caballo, acompaña-
do también de los funcionarios del Tribunal. En el siglo XVIII tanta ceremonia
hacía difícil encontrar el número necesario de caballos —hasta unos doscientos
cincuenta—, sustituyéndolos por coches. La autorización la tuvo que hacer el
Consejo Real haciendo extensiva esta nueva costumbre a la de Granada, sede de
la otra Chancillería que se estableció en tiempo de los Reyes Católicos y cuya
primera sede fue en Ciudad Real —el río Tajo era la divisoria—. La presencia de
esta autoridad continuaba en los grandes acontecimientos religiosos, como en la
procesión del Corpus Christi. Al entierro de Marina de Escobar, mujer de gran
popularidad en el barroco, decidieron no acudir como Audiencia, aunque hicieron
consulta al Consejo de Castilla ante la opinión mayoritaria de santidad que tenía
el pueblo hacia ella. De esta manera participaron algunos funcionarios de la mis-
ma a título particular, “a la deshilada” como se decía entonces. Todo ello probaba
la presencia social de la Chancillería en la vida de Valladolid.
Los pleitos civiles eran despachados por los oidores, siendo todos ellos ju-
ristas de gran prestigio. Junto con el presidente se reunían dos veces por semana
en el Acuerdo, desde el cual despachaban los asuntos judiciales y de régimen
interno del tribunal, además de los negocios políticos y el examen de abogados,
quedando acta de todo ello en los Libros del Acuerdo. La Sala de Vizcaya era pro-
pia de esta Chancillería vallisoletana, fallando en ella las causas de todo tipo, en
las que se encontrasen implicados los originarios de Vizcaya. En ellos existía un