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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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aburrir con datos técnicos, aunque sí que tienen que saber que en el banco del
retablo se asientan las cuatro columnas de orden gigante con las que se estructura,
creando tres espacios que denominamos calles. La central está reservada para tres
motivos: el tabernáculo-expositor, San Pedro en Cátedra y la Inmaculada Con-
cepción en el ático. En los laterales se abren las hornacinas rematadas en forma
de venera donde se ubican san Juan Bautista y san Antonio de Padua. Todo tiene
su razón. San Juan Bautista está predicando a los fieles que le ven desde la igle-
sia y con su dedo está apuntando hacia el expositor, donde se encuentra Cristo,
“Ecce Agnus Dei qui tollis peccata mundi. Este es el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo”. Al otro lado, san Antonio de Padua, con el Niño Jesús en
sus brazos fruto de una visión que había tenido, muy propio de su iconografía ha-
bitual, casi siempre con el lirio, el libro de los sermones —era un gran intelectual,
doctor de la Iglesia— y la propia del Salvador Niño en sus brazos, con un papel
devocional creciente en aquellos momentos, y sustituyendo en estos papeles y
a partir de estos momentos del siglo XVIII, a san José, que antes también había
caminado como el custodio del Niño Jesús.
La obra de San Pedro se debía a la tipología que había creado Gregorio
Fernández para el convento franciscano muy vinculado a san Pedro Regalado,
de Scala Coeli en El Abrojo. Como pontífice, en una construcción más teórica
que histórica de su papel como primer obispo de Roma, imparte su bendición
con la mano derecha mientras que con la izquierda sostenía las llaves —en oro
y plata— siguiendo el texto del evangelio de San Mateo (16,18), con ese poder
de atar y desatar. En el ático, la Inmaculada Concepción tras el importante siglo
XVII en que desde la Monarquía de España se había impulsado la declaración
de un dogma que no se definió hasta Pío IX en 1854. Sin embargo, las campañas
inmaculistas, no solamente se plasmaron en la teología sino en el arte religioso.
A sus lados, se abren dos pequeños ventanales con sendos relieves que pudieron
realizarse a partir de grabados, en los que se representa a San Pedro en la cárcel y
su Arrepentimiento, tras haberle negado en tres ocasiones. No son precisamente
las obras más logradas pues no alcanzan a dar la sensación de profundidad re-
querida. No faltará la decoración vegetal con los atributos pontificios de la tiara
papal y las llaves.
La fachada se encuentra modificada en su aspecto original, puesto que hasta
1950 contó con una pequeña torre. La portada es de gusto herreriano, adintelada y
coronada por un frontón triangular donde se aloja la pequeña escultura de San Pe-
dro. En las reformas del año 1950, fue cuando se construyó un segundo cuerpo en
esa fachada. El primero era el primitivo y se encontraba realizado en piedra. La
torrecilla se sustituyó por sendas espadañas. Diecisiete años después, en 1967, se
forró con piedra el mencionado segundo cuerpo y recientemente se ha procedido
a su restauración. Curiosamente, a la puerta de la iglesia de San Pedro se encuen-