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210 V olumen 55 (2018) retablos en iglesias vallisoletanas, dos grandes maquinarias en estilo barroco, en donde se destacaban las devociones de los fieles y se arropaba la presencia real en el Santísimo Sacramento con grandes tabernáculos y expositores como el que podemos contemplar en este retablo. No pensemos que a todo el mundo le gusta- ba ya este estilo artístico del último barroco. Un ilustrado viajero y escritor, como era Antonio Ponz, no deja cuenta en su libro de crónicas, haber visto el de esta iglesia de San Pedro pero cuando contempló el de San Andrés afirmó, no sin falto de ironía: “son tres pinares, que en el monte lograron por la naturaleza mejor for- ma que la que aquí consiguieron por el arte ¡Pero qué arte! —continuaba Antonio Ponz— Dios la destierre para siempre de entre nosotros, y no permita que jamás en adelante se profanen con ella sus altares”. La parroquia de San Pedro desarrolló una notable vinculación sacramental con el tribunal de la Real Chancillería de Valladolid. Muchos de sus miembros aquí fueron enterrados. Precisamente, será el secretario de Cámara del mismo, Juan Francisco de Bugedo, el que costeó la realización de este retablo mayor y su dorado, a los que se refería Ventura Pérez, en 1758 y 1759. Unos años antes, entre 1748 y 1751, en esta iglesia se llevó a cabo una profunda renovación, como se apreció en los retablos que recorren la nave única y que, como hemos dicho, hoy están siendo recuperados. Y pudo pensar, el mencionado “funcionario” que era la hora de sustituir el anterior retablo mayor, quizás ya en mal estado y hasta pasado de moda artística. Aquel estaba compuesto de once lienzos o tablas de pintura que fueron sufragados a finales del siglo XV o principios del XVI por “Gómez de Revilla hijo de Juan Sanz de Revilla y su mujer Antonia Martínez”. Con esta nueva obra, se debía estar a la altura de las nuevas circunstancias y alcanzar uno de los más bellos retablos del periodo rococó de Valladolid. Este retablo no fue lo único que pagó para esta iglesia. En 1762, regaló dos espejos que se encuentran en la sacristía. Por entonces, en esta ciudad del Pisuerga se daba la circunstancia que los escultores unían en sus trabajos la condición de maestros ensambladores —los que fabricaban y construían el retablo— y de tallistas, los que lo decoraban con esculturas y relieves. Eso sí, tampoco abundaban. Hasta ahora, este trabajo se ha atribuido a Antonio Bahamonde, identificado con otros retablos de esta iglesia como el de la Hermandad de María Santísima de los Dolores, anterior de 1753. Existen muchas dudas entre los historiadores del arte y cuando miran hacia las esculturas de este retablo mayor —de gran calidad— aparecen otros nombres, eso sí, bien conocidos en esta misma iglesia, el de José Fernández, por ejemplo, pues este maestro trabajó para la mencionada Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores. Lo cierto es que esta “gigantesca maquina”, con perfecta adaptación al mar- co arquitectónico, cuenta con su propio mensaje que comunicar. No los voy a