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208 V olumen 55 (2018) creyó necesario establecer un espacio urbano apartado y cerrado para su vivienda. Los moros se habrían de asentar en el barrio de Santa María —la calle todavía es así denominada—, mientras que su cementerio se habría de ubicar en la actual Casa del Estudiante de la Universidad de Valladolid, antigua de Beneficencia, frente a la parroquia de San Pedro, y anterior palacio del Marqués de Camarasa. Esta necrópolis, junto a la de los judíos en el Campo Grande, ha sido estudiada arqueológicamente y analizada por Miguel Ángel Martín Montes. Nos encon- tramos en la que ha sido siempre una vía de entrada en la ciudad desde Cabe- zón —Madre de Dios responde a la existencia de un convento de dominicas que se encontraba allí ubicado en los siglos de la modernidad—. Los musulmanes, como sucedió con los judíos de la necrópolis del actual Campo Grande, fueron enterrados en fosas simples, colocando al difunto en posición de “cúbito supino”. Éste era orientado en su cabeza hacia el oeste y al este por los pies, mirando con el rostro hacia La Meca. Eran enterrados sobre la tierra y cubiertos por un ataúd sin fondo. Las piernas se disponían flexionadas, para facilitar la reverencia ante el ángel al que se debían presentar. Las tumbas eran señaladas a los pies y a la ca- beza. En esta ocasión, frente a los judíos, las de los mudéjares eran individuales, aunque se podían superponer y sin mezclar los cuerpos. Tras las disposiciones de conversión del siglo XVI, ya como moriscos eran enterrados en los cementerios cristianos pues debían haber aceptado el bautismo. Sin embargo, pedían a los enterradores que las tumbas fuesen excavadas de manera profunda, para evitar la tierra bendecida. La dimensión funeraria, mucho más tardía, tampoco estaba ajena a la pa- rroquia de San Pedro Apóstol, que no va a ser de las más antiguas de la villa y ciudad. Cuando se decidió establecer los cementerios en el siglo XVIII —aunque en Valladolid se consiguió en 1833— fuera del entorno urbano, del lateral del templo mencionado partía el paseo que comunicaba la ciudad con la nueva necró- polis. Los duelos se despedían, como las esquelas y las crónicas de los entierros describían, precisamente allí. Matías Sangrador, en su “Historia de Valladolid” de 1851-1854, documenta un templo dedicado a San Pedro en el siglo XII, aunque el primero de los documentos que hablan de esta parroquia es el testamento del canónigo Ferrán Domínguez, fechado en 1278, y por el cual entrega a la obra de esta iglesia la cantidad de cinco maravedíes. Pudo comenzar siendo una ermita al borde del camino que se dirigía hacia Palencia por Cabezón —allí es donde cruzarían el Pisuerga por su antiguo puente—. Posteriormente, también se en- cuentra documentada la presencia de un capellán de la iglesia de San Pedro en los sufragios que se celebraron por la reina María de Molina en las Huelgas Reales en 1321. Unas décadas después, 1375, este templo debía disponer de la condición parroquial ¿Podía contar entonces, entre sus imágenes, con el Santo Cristo de la Espiga, uno de los mejores Crucificados góticos de la ciudad?