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V olumen 55 (2018)
creyó necesario establecer un espacio urbano apartado y cerrado para su vivienda.
Los moros se habrían de asentar en el barrio de Santa María —la calle todavía es
así denominada—, mientras que su cementerio se habría de ubicar en la actual
Casa del Estudiante de la Universidad de Valladolid, antigua de Beneficencia,
frente a la parroquia de San Pedro, y anterior palacio del Marqués de Camarasa.
Esta necrópolis, junto a la de los judíos en el Campo Grande, ha sido estudiada
arqueológicamente y analizada por Miguel Ángel Martín Montes. Nos encon-
tramos en la que ha sido siempre una vía de entrada en la ciudad desde Cabe-
zón —Madre de Dios responde a la existencia de un convento de dominicas que
se encontraba allí ubicado en los siglos de la modernidad—. Los musulmanes,
como sucedió con los judíos de la necrópolis del actual Campo Grande, fueron
enterrados en fosas simples, colocando al difunto en posición de “cúbito supino”.
Éste era orientado en su cabeza hacia el oeste y al este por los pies, mirando con
el rostro hacia La Meca. Eran enterrados sobre la tierra y cubiertos por un ataúd
sin fondo. Las piernas se disponían flexionadas, para facilitar la reverencia ante
el ángel al que se debían presentar. Las tumbas eran señaladas a los pies y a la ca-
beza. En esta ocasión, frente a los judíos, las de los mudéjares eran individuales,
aunque se podían superponer y sin mezclar los cuerpos. Tras las disposiciones de
conversión del siglo XVI, ya como moriscos eran enterrados en los cementerios
cristianos pues debían haber aceptado el bautismo. Sin embargo, pedían a los
enterradores que las tumbas fuesen excavadas de manera profunda, para evitar la
tierra bendecida.
La dimensión funeraria, mucho más tardía, tampoco estaba ajena a la pa-
rroquia de San Pedro Apóstol, que no va a ser de las más antiguas de la villa y
ciudad. Cuando se decidió establecer los cementerios en el siglo XVIII —aunque
en Valladolid se consiguió en 1833— fuera del entorno urbano, del lateral del
templo mencionado partía el paseo que comunicaba la ciudad con la nueva necró-
polis. Los duelos se despedían, como las esquelas y las crónicas de los entierros
describían, precisamente allí. Matías Sangrador, en su “Historia de Valladolid” de
1851-1854, documenta un templo dedicado a San Pedro en el siglo XII, aunque
el primero de los documentos que hablan de esta parroquia es el testamento del
canónigo Ferrán Domínguez, fechado en 1278, y por el cual entrega a la obra de
esta iglesia la cantidad de cinco maravedíes. Pudo comenzar siendo una ermita
al borde del camino que se dirigía hacia Palencia por Cabezón —allí es donde
cruzarían el Pisuerga por su antiguo puente—. Posteriormente, también se en-
cuentra documentada la presencia de un capellán de la iglesia de San Pedro en los
sufragios que se celebraron por la reina María de Molina en las Huelgas Reales
en 1321. Unas décadas después, 1375, este templo debía disponer de la condición
parroquial ¿Podía contar entonces, entre sus imágenes, con el Santo Cristo de la
Espiga, uno de los mejores Crucificados góticos de la ciudad?