Mi primera publicacion ANALES 2018 FINAL FINAL p | Page 17

A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid 17 sufrimiento, razón por la cual era vía de merecimiento ante Dios, que enriquecía con su gracia el alma del doliente. La espiritualidad cristiana superaba el natura- lismo hipocrático-galénico, aunque la consulta médica olvidase los preceptos de la medicina antigua. La situación de la Medicina, y por ende la consulta médica, siguió en la Alta Edad Media la pauta marcada por la tradición helenística en el Mundo Bizantino y el Islam. Sin embargo cambió en la Europa Occidental, a partir de Casiodoro, contemporáneo de San Benito de Nursia, hasta el punto que el acercamiento entre medicina y religión, llegó a depositar el ejercicio médico en manos de los monjes y eclesiásticos. A la sombra de las Catedrales y de los Monasterios, la erección de Hospederías y Hospitales, los religiosos cuidaron del cuerpo y del alma de los enfermos, minusválidos, menesterosos y cuantos acudían solicitando ayuda. Era una cobertura asistencial universal y gratuita, hecho que no se volverá a repetir en toda la historia de la Humanidad. La consulta y el acto médico se entienden como la práctica de caridad cristiana en la que se cuida del enfermo como si éste fue- ra el mismo Cristo. En los monasterios medievales benedictinos se recomienda, además de las obligaciones especificas de la Regla de San Benito, el estudio de la Medicina y de la Ciencia por parte de los Monjes, de forma que sus bibliotecas custodiaban además de los textos sagrados y de los Padres de la Iglesia, códices médicos y científicos. Gozaron los monasterios de privilegiadas Boticas, algunas extraordinarias como la famosa Botica de San Benito de Valladolid, desperdiga- da con la desafortunada amortización de Mendizábal de 1835, algunas de cuyas piezas se conservan en la actualidad en el Museo de la Ciudad de Valladolid. Los Benedictinos primero, y posteriormente otras órdenes prestaban asistencia médica a los enfermos, algunas figuras alcanzaron prestigio universal como la Abadesa de Bingen, Santa Hildegarda. Aunque la Iglesia prohibió en sucesivos Concilios el ejercicio médico a los monjes en Letrán (1139), o Clermont (1151), y otros, la práctica no desapareció hasta el siglo XVIII, como en el Monasterio de Guadalupe, el más rico del Reino, cuyos clérigos seguían cuidando de los enfer- mos, en sus diferentes Hospitales todavía en la España borbónica. A partir de la creación de las Universidades medievales, el médico graduado bachiller, licenciado o doctor, ocupó el centro de la consulta médica. A medida que avanzaba el prerrenacimiento y en plena modernidad la profesión tradicio- nal agrupaba diferentes estamentos. El médico “tradicional” en numerosos paí- ses de nuestro entorno estaba agrupado en dos tipos de profesión: la élite de los profesionales al servicio de las ciudades, grandes señores, realeza y dignidades religiosas, y por otra parte la inmensa mayoría de prácticos diseminados en vi- llas y lugares. En España, y en numerosos países europeos, los médicos salidos de las Universidades gozaban de mejor situación y consideración social que los cirujanos y los llamados prácticos en el arte de curar. Al mismo tiempo las Bo-