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A nales de la R eal A cademia de M edicina y C irugía de V alladolid
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sufrimiento, razón por la cual era vía de merecimiento ante Dios, que enriquecía
con su gracia el alma del doliente. La espiritualidad cristiana superaba el natura-
lismo hipocrático-galénico, aunque la consulta médica olvidase los preceptos de
la medicina antigua.
La situación de la Medicina, y por ende la consulta médica, siguió en la Alta
Edad Media la pauta marcada por la tradición helenística en el Mundo Bizantino
y el Islam. Sin embargo cambió en la Europa Occidental, a partir de Casiodoro,
contemporáneo de San Benito de Nursia, hasta el punto que el acercamiento entre
medicina y religión, llegó a depositar el ejercicio médico en manos de los monjes
y eclesiásticos. A la sombra de las Catedrales y de los Monasterios, la erección
de Hospederías y Hospitales, los religiosos cuidaron del cuerpo y del alma de los
enfermos, minusválidos, menesterosos y cuantos acudían solicitando ayuda. Era
una cobertura asistencial universal y gratuita, hecho que no se volverá a repetir en
toda la historia de la Humanidad. La consulta y el acto médico se entienden como
la práctica de caridad cristiana en la que se cuida del enfermo como si éste fue-
ra el mismo Cristo. En los monasterios medievales benedictinos se recomienda,
además de las obligaciones especificas de la Regla de San Benito, el estudio de
la Medicina y de la Ciencia por parte de los Monjes, de forma que sus bibliotecas
custodiaban además de los textos sagrados y de los Padres de la Iglesia, códices
médicos y científicos. Gozaron los monasterios de privilegiadas Boticas, algunas
extraordinarias como la famosa Botica de San Benito de Valladolid, desperdiga-
da con la desafortunada amortización de Mendizábal de 1835, algunas de cuyas
piezas se conservan en la actualidad en el Museo de la Ciudad de Valladolid.
Los Benedictinos primero, y posteriormente otras órdenes prestaban asistencia
médica a los enfermos, algunas figuras alcanzaron prestigio universal como la
Abadesa de Bingen, Santa Hildegarda. Aunque la Iglesia prohibió en sucesivos
Concilios el ejercicio médico a los monjes en Letrán (1139), o Clermont (1151),
y otros, la práctica no desapareció hasta el siglo XVIII, como en el Monasterio de
Guadalupe, el más rico del Reino, cuyos clérigos seguían cuidando de los enfer-
mos, en sus diferentes Hospitales todavía en la España borbónica.
A partir de la creación de las Universidades medievales, el médico graduado
bachiller, licenciado o doctor, ocupó el centro de la consulta médica. A medida
que avanzaba el prerrenacimiento y en plena modernidad la profesión tradicio-
nal agrupaba diferentes estamentos. El médico “tradicional” en numerosos paí-
ses de nuestro entorno estaba agrupado en dos tipos de profesión: la élite de los
profesionales al servicio de las ciudades, grandes señores, realeza y dignidades
religiosas, y por otra parte la inmensa mayoría de prácticos diseminados en vi-
llas y lugares. En España, y en numerosos países europeos, los médicos salidos
de las Universidades gozaban de mejor situación y consideración social que los
cirujanos y los llamados prácticos en el arte de curar. Al mismo tiempo las Bo-