que m e em bargaba en ese momento.
En la term inal, repasé una revista y toqué la rodilla de Travis con de-
licadeza. Detuvo el m ovim iento de la pierna y sonreí, sin levantar la m
irada de las fotos de los fam osos. Algo le preocupaba, pero esperaba que
m e lo dij era, sabiendo que lo estaba resolviendo internam ente. Después
de unos m inutos, volvió a balancear la rodilla, pero en esta ocasión dej ó
de hacerlo solo, y entonces, lentam ente, se dej ó caer en lasilla.
—¿Palom a?
—¿Sí?
Pasaron unos m inutos de silencio y, entonces, suspiró.
—Nada.
El tiem po pasó m uy rápido y parecía que acabábam os de sentarnos
cuando anunciaron que los pasaj eros de nuestro vuelo podían em barcar.
Se form ó rápidam ente una cola, nos levantam os y esperam os a que
llegara nuestro turno de enseñar los billetes y cruzar el largo pasillo has-
ta el avión que nos llevaría a casa.
Travis dudó.
—Es que no puedo librarm e de una sensación —dij o en voz baj a.
—¿Qué quieres decir? ¿Tienes una m ala sensación? —pregunté,
repentinam entenerviosa.
Se volvió hacia mí con mirada de preocupación.
—Es de locos, pero tengo la sensación de que, cuando lleguemos a
casa, me despertaré. Como si nada de esto fuera real.
Lo abracé por la cintura y le acaricié los músculos de la espalda.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Se miró la muñeca y luego la gruesa alianza que llevaba en el dedo
izquierdo.
—No puedo evitar tener la impresión de que la burbuj a va a estallar
y de que me despertaré tumbado solo en la cama, deseando que estés allí
conmigo.
—¡Pero qué voy a hacer contigo, Trav! He dejado a alguien por ti
dos veces, he decidido ir a Las Vegas contigo dos veces, literalmente he
estado en el infierno y he vuelto, me he casado contigo y me he tatuado
tu nombre. Se me acaban las ideas para demostrarte que soy tuya por
completo
Una sonrisa se dibujó en sus labios.