Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Page 359

—Me encanta oírte decir eso. —¿Que soy tuya? —pregunté. Me levanté de puntillas y junté mis labios con los suyos—. Soy tuya. Soy la señora de Travis Maddox. Para siem pre jamás. Su ligera sonrisa se desvaneció cuando miró la puerta de em barque y, después, a mí. —Voy a fastidiarlo todo, Paloma. Te vas a cansar de mis gilipolleces. Me reí. —Ya estoy harta de tus gilipolleces. Y aun así me he casado contigo. —Pensaba que cuando nos casáramos tendría menos miedo de per- derte, pero me da la impresión de que si subo a ese avión… —¿Travis? Te amo. Vámonos a casa. Levantó las cejas. —No me dejarás, ¿verdad? Aunque sea un dolor de muelas. —He jurado delante de Dios, y de Elvis, que estaría a tu lado, ¿no? Su cara se iluminó un poco. —Esto es para siempre, ¿verdad? Levanté un extrem o de la boca. —¿Te sentirías mejor si hiciéramos una apuesta? Los dem ás em pezaron a rodearnos, lentamente, sin perder detalle de nuestra ridícula conversación. Como antes, era consciente de las miradas curiosas, solo que ahora era diferente. Lo único en lo que pensaba era en que la paz volviera a los ojos deTravis. —¿Qué tipo de marido sería si apostara en contra de mi propio ma- trimonio? Sonreí. —Un marido estúpido. ¿No te acuerdas de que tu padre te dijo que no apostaras contra mí? Arqueó una ceja. —¿Tan segura estás? ¿Estarías dispuesta a jugarte algo? Lo rodeé por el cuello con los brazos y sonreí j unto a sus labios. —Me apostaría a m i primogénito. Mira si estoy segura.– Y entonces la paz regresó. —No puedes estarlo tanto —dijo él, sin ansiedad alguna en la voz. Arqueé una cej a y mi boca se levantó por el m ism o lado. —¿Qué te apuestas?