Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Page 357

practicado. Le respondí con una carcaj ada y apretándole la mano. —No m e m olesta. Me m iró por el rabillo del oj o. —¿No? Negué con la cabeza y m e acercó a él para besarm e la m ej illa. —Bien. Te vas a hartar de oírlo durante los próxim os m eses, pero dam e algo de m argen, ¿vale? Lo seguí por los pasillos, las escaleras m ecánicas y las colas de los controles de seguridad. Al cruzar Travis el detector de m etales, se dispa- ró una alarm a estruendosa. Cuando el guardia del aeropuerto le pidió a Travis que se quitara el anillo, este puso caraseria. —Yo se lo guardo, señor —dij o el oficial—. Solo será un m om ento. —A ella le he prom etido que nunca m e lo quitaría —dij o Travis entre dientes.El oficial le tendió la m ano con la palm a hacia arriba; se m ostró paciente eincluso debim os de resultarle graciosos a j uzgar por las arruguitas que se le form aron en la piel de alrededor de los oj os. Travis se quitó el anillo de m ala gana y lo dej ó en la m ano del guar- dia. Cuando cruzó el arco de seguridad, suspiró. La alarm a no se había disparado, pero seguía estando m olesto. Yo pasé sin ninguna incidencia, después de entregar tam bién m i anillo. Travis seguía con cara de ten- sión, pero, cuando nos dej aron pasar,relajóloshombros. —No pasa nada, cariño. Vuelve a estar en tu dedo —dij e, riéndom e de su reacción desproporcionada. Me besó la frente y m e acercó a su lado m ientras cam inábam os por la term inal. Cuando vi la m irada de quienes pasaban a nuestro lado, m e pregunté si saltaba a la vista que estábam os recién casa- dos, o si sim plem ente se habían fij ado en la ridícula sonrisa de Travis, que contrastaba con la cabeza afeitada, los brazos tatuados y los m úsculosprotuberantes. El aeropuerto estaba lleno de turistas em ocionados, del tintineo y los pitidos de las m áquinas tragaperras y de gente que cam inaba en todas las direcciones. Sonreí al ver a una parej a j oven cogida de la m ano: parecían tan em ocionados com o Travis y y o cuando habíam os llegado. No dudaba de que se m archarían sintiendo la m ism a m ezcla de alivio y aturdim iento