—No es ninguna locura. Nos querem os y hem os estado viviendo j
untos a tem poradas todo el año. Así que ¿por quéno?
—¡Porque tienes diecinueve años, idiota! ¡Porque te escapaste de
casa y no se lo dij iste a nadie, y porque no estoy allí! —gritóella.
—Lo siento, Mare. Tengo que dej arte. Nos vem os m añana, ¿vale?
—¡No sé si quiero verte m añana! ¡No sé si quiero volver a ver a
Travis! — dij odesdeñosa.
—Nos vem os m añana, Mare. Sabes que quieres ver m i anillo.
—Y tu tatuaj e —dij o. En su voz se notaba que estaba sonriendo.
Cerré el teléfono y se lo di a Travis. El zum bido volvió a em pezar y
m e concentré en la sensación ardiente, a la que siguió el dulce segun-
do de alivio m ientras m e secaba el exceso de tinta. Travis se guardó m
i teléfono en el bolsillo, m e cogió la m ano con las dos suy as y se agachó
para apoy ar su frente en la mía.
—¿Alucinaste tanto cuando te hiciste los tatuaj es? —le pregunté,
sonriendo por la expresión de dolor de sucara.
Se revolvió inquieto; parecía sentir m i dolor m il veces m ás que y o.
—Eh…, no. Esto es diferente. Es m ucho, m ucho peor.
—¡Listo! —dij o Griffin con tanto alivio en su voz com o transm itía
la cara de Travis.
Dej é caer la cabeza hacia atrás sobre la silla.
—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! —suspiró Travis, dándom e palm
aditas en la mano.
Baj é la m irada hacia las preciosas líneas tatuadas sobre la piel roj a
e irritada:
Señora Maddox
—Guau —dij e, levantándom e sobre los codos para verlo m ej or.
El ceño fruncido de Travis se convirtió inm ediatam ente en una son-
risa triunfal.
—Es precioso.
Griffin sacudió la cabeza.
—Si m e dieran un dólar por cada hom bre tatuado y recién casado
que ha traído a su m uj er aquí y se lo ha tom ado peor que ella…, bueno,
no tendría que volver a tatuar a nadie nuncam ás.