—¡Eres…! ¡Eres…! ¡Eres sim plem ente m alvada, Abby ! ¡Eres una
am iga íntim a horrible!
Me reí, em puj ando al hom bre que estaba sentado a m i lado.
—No se m ueva, señora Maddox.
—Lo siento —dij e.
—¿Quién era ese? —soltó Am erica.
—Era Griffin.
—¿Quién dem onios es Griffin? Dej a que lo adivine, ¿has invitado
a un com pleto desconocido a tu boda y no a tu m ej or am iga? —Su
voz se volvía m ás aguda con cadapregunta.
—No. No ha estado en la boda —dij e, aguantando la respiración.
Travis suspiró y se m ovió nervioso en la silla, apretándom e la m ano.
—Se supone que soy y o la que tiene que hacer eso, ¿recuerdas? —dij
e, sonriéndole a pesar del dolor.
—Lo siento. No creo que pueda aguantarlo —dij o él, con la voz llena
de angustia. Relaj ó la m ano y m iró a Griffin—. Date prisa, ¿quieres?
Griffin sacudió la cabeza.
—Cubierto de tatuaj es y no puede aguantar que su novia se ponga
una sim ple frase. Habré acabado dentro de un m inuto, tío.
Travis frunció m ás el ceño.
—Muj er. Es m i m uj er.
Am erica ahogó un grito cuando por fin com prendió la conversación.
—¿Te estás haciendo un tatuaj e? ¿Qué te está pasando, Abby ?
¿Respiraste vapores tóxicos en ese incendio?
Baj é la m irada al estóm ago para ver el borrón que m e llegaba j usto
hasta la cadera y sonreí.
—Trav lleva m i nom bre en la m uñeca. —Contuve de nuevo la res-
piración cuando el zum bido prosiguió. Griffin secó la tinta de m i piel y
volvió a em pezar. Solo podía hablar entre dientes—. Estam os casados.
Yo tam bién quería algo.
Travis sacudió la cabeza.
—No tenías por qué. Entrecerré los oj os.
—No vuelvas a em pezar. Ya lo hem os hablado. Am erica soltó una
carcaj ada.
—Te has vuelto loca. Te ingresaré en el m anicom io cuando llegues a
casa. — Su voz seguía siendo penetrante y exacerbada.