EPÍLOGO
Travis m e apretó la m ano m ientras y o aguantaba la respira-
ción. Intenté m antener una expresión tranquila, pero cuando m e enco-
gí m e apretó con m ás fuerza. Algunas partes del techo blanco estaban
salpicadas de m anchas de hum edad. Aparte de eso, la habitación
estaba inm aculada. Ni desorden, ni utensilios fuera de su sitio. Todo se
encontraba en su lugar, lo que m e hizo sentir m oderadam ente cóm oda
con la situación. Había tom ado la decisión, y la llevaría hasta el final.
—Nena… —dij o Travis, con cara de sufrim iento.
—Puedo hacerlo —dij e, m irando las m anchas del techo.
Di un respingo cuando las puntas de unos dedos m e tocaron la piel,
pero intenté no ponerm e tensa. Cuando el zum bido em pezó, la preocu-
pación se hizo evidente en los oj os deTravis.
—Palom a —em pezó Travis, pero sacudí la cabeza con displicencia.
—Vale. Estoy lista.
Suj eté el teléfono lej os de la orej a, poniendo una m ueca de disgusto
tanto por el dolor com o por la inevitable bronca.
—¡Yo te m ato, Abby Abernathy ! —gritó Am erica—. ¡Te m ato!
—Técnicam ente, ahora soy Abby Maddox —dij e, sonriendo a m
i nuevo marido.
—¡No es j usto! —se quej ó. El enfado era evidente en su voz—. Se
suonía que iba a ser tu dam a de honor! ¡Tenía que ir a com prar el vestido
contigo, organizarte una despedida de soltera y coger tu ramo!
—Lo sé —dij e, viendo que la sonrisa de Travis se desvanecía cuando
volví a poner cara de dolor.
—No tienes por qué hacer esto, lo sabes, ¿no? —dij o él, j untando las
cej as. Le apreté los dedos con la m ano que tenía libre.
—Lo sé.
—¡Eso y a lo has dicho! —espetó Am erica.
—No hablo contigo.
—Oh, desde luego que sí que vas a hablar conm igo —dij o furiosa—.
Vas a hablar conm igo largo y tendido. Nunca voy a dej ar de recordár-
telo, ¿m e oy es?
¡Nunca j am ás te perdonaré!
—Pues claro que lo harás.