era algo.
—Acabas de pedirm e que m e case contigo —dij o él, todavía espe-
rando que adm itiera que era alguna especie de ardid.
—Lo sé.
—Eso ha sido de verdad, ¿sabes? Acabo de reservar dos billetes a Las
Vegas para m añana al m ediodía, lo que significa que nos casam os m
añana por la noche.
—Gracias. Entrecerró los oj os.
—Serás la señora Maddox cuando em pieces las clases el lunes.
—Oh —dij e, m irando a m i alrededor. Travis enarcó una cej a.
—¿Te lo has pensado m ej or?
—Voy a tener que cam biar algunos papeles im portantes la sem ana
que viene. Asintió lentam ente, cautelosam ente esperanzado.
—¿Te vas a casar conm igo m añana?
—Aj á.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—¡Joder! ¡Cóm o te quiero! —Me cogió am bos lados de la cara y m e
plantó un beso en los labios—. Te quiero m uchísim o, Palom a —decía,
m ientras m e besaba una y otravez.
—Espero que te acuerdes de eso dentro de cincuenta años, cuando
siga pegándote palizas al póquer. —Me reí.
Sonrió triunfal.
—Si eso significa pasar sesenta o setenta años contigo, cariño…, tie-
nes m i permisoparaempleartusmejorestrucos.
Enarqué una cej a.
—Lam entarás haber dicho eso.
—Apuesto a que no.
Sonreí con tanta m alicia com o pude.
—¿Te apostarías la reluciente m oto de ahí fuera?
Afirm ó con la cabeza; la sonrisa burlona desapareció de su cara y
adoptó una expresión de total seriedad.
—Apostaría todo lo que tengo. No lam ento ni un segundo pasado
contigo, Palom a, y nunca lo haré.
Le tendí la m ano, él m e la estrechó sin titubear y se la llevó a la
boca, dándom e un tierno beso en los nudillos. La habitación estaba en