diferente. En esta ocasión era absoluta, perm anente. La esperanza
cautelosa había desaparecido de sus oj os, y una confianza incondicional
había ocupado sulugar.
La reconocí solo porque sus oj os reflej aban lo que y o sentía.
—Oy e… Estaba pensando en Las Vegas —em pecé a decir. Él frun-
ció el ceño, sin saber adónde quería llegar.
—¿Sí?
—¿Qué te parecería volver? Levantó las cej as.
—No creo que sea lo que m ás m e convenga.
—¿Y si solo vam os una noche?
Miró la habitación a oscuras que nos rodeaba.
—¿Una noche?
—Cásate conm igo —dij e sin vacilación.
Me sorprendió lo rápida y fácilm ente que había pronunciado esas
palabras. Sonrió de orej a a orej a.
—¿Cuándo?
Me encogí de hom bros.
—Podem os com prar billetes para un vuelo m añana. Estam os de
vacaciones.
No tengo nada que hacer m añana, ¿y tú?
—Veo tu farol —dij o él, y endo a coger su teléfono.
—Am erican Airlines —dij o él, observando atentam ente m i
reacción m ientras hablaba—. Quiero dos billetes para Las Vegas, por
favor. Mañana. Hum … —Me m iró, com o si esperara que cam biara de
opinión—. Dos días, ida y vuelta. Lo que tengadisponible.
Apoy é la barbilla en su pecho, esperando a que com prara los billetes.
Cuanto m ás tiem po lo dej aba hablar por teléfono, m ás grande se hacía
su sonrisa.
—Sí…, eh…, un m om ento, por favor —dij o, al tiem po que señala-
ba su cartera—. ¿Puedes traerm e la cartera, Palom a?
De nuevo, esperó a que reaccionara. Risueña, m e agaché, cogí la tarj
eta de crédito de su cartera y se la entregué. Travis dictó los núm eros a
la persona que lo atendía, m irándom e después de cada grupo. Cuando
dio la fecha de caducidad y vio que no protestaba, apretó loslabios.
—Eh…, sí, señora. Los recogerem os en el m ostrador. Gracias.
Me entregó su teléfono y lo dej é en la m esilla, esperando a que dij