—Sí. No estaba seguro de cóm o m e las iba a apañar sin que tú es-
tuvieras allí.
—Ya te lo he dicho… —em pecé.
—Palom a, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? —Me interrum pió
con el ceño fruncido.
Sacudí la cabeza por su tono im paciente.
—Bueno, pero sigo sin entenderlo. Antes no m e necesitabas. Me aca-
rició la m ej illa ligeram ente con los dedos.
—Antes no te conocía. Si no estás allí, no puedo concentrarm e. Em
piezo a preguntarm e dónde estás, qué estás haciendo…, pero, si estás
presente y puedo verte, m e centro. Sé que es una locura, pero es así.
—Y la locura es exactam ente lo que m e gusta —dij e, levantándom
e para darle un beso en los labios.
—Está claro —m urm uró Am erica por lo baj o.
En las som bras de Keaton Hall, Travis m e estrechaba con fuerza j
unto a él. El vaho de m i aliento se entrelazaba con el suy o en el am bien-
te frío de la noche, y podía oír las conversaciones en voz baj a de quienes
se estaban colando por una puerta lateral a pocos m etros de distancia,
desconocedores de nuestra presencia allí.
Keaton era el edificio m ás antiguo de Eastern pero, aunque y a había
albergado algún que otro com bate del Círculo, m e sentía incóm oda allí.
Adam esperaba un lleno total, y Keaton no era el m ás espacioso de los
sótanos del cam pus. Había unas vigas form ando una rej illa a lo largo
de las envej ecidas paredesdeladrillo,unaseñaldelasrenovacionesqueselle
vabanacabo dentro.
—Esta es una de las peores ideas de Adam hasta la fecha —gruñó
Travis.
—Ya es tarde para cam biarlo ahora —dij e, levantando la m irada
hacia los andam ios.
El teléfono m óvil de Travis se encendió y lo abrió. Su cara se tiñó
de azul por el brillo de la pantalla, y por fin pude ver las dos arrugas
de preocupación entre las cej as cuy a presencia conocía de antem ano.
Apretó unos botones, cerró de golpe el teléfono y m e abrazó con m
ásfuerza.
—Pareces nervioso esta noche —susurré.
—Me sentiré m ej or cuando Trent traiga su j odido culo aquí.