Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Page 327

—Si quieres que te abrace, solo tienes que pedírm elo —dij o él, acer- cándom e a su pecho. Hacíam os caso om iso de los estudiantes que pasaban y de las bolas de nieve que volaban por encim a de nosotros, m ientras apretaba sus la- bios contra los m íos. Mis pies se separaron del suelo y siguió besándom e, llevándom e con facilidad por el cam pus. Cuando finalm ente m e dej ó en el suelo delante de la puerta de m i clase, sacudió lacabeza. —Cuando preparem os nuestros horarios para el próxim o sem estre, sería m ás cóm odo que tuviéram os m ás clases j untos. —Lo tendré en cuenta —dij e, dándole un últim o beso antes de diri- girm e a m i asiento. Levanté la m irada, y Travis m e dedicó una últim a sonrisa antes de encam inarse a su clase en el edificio de al lado. Los estudiantes que se hallaban a m i alrededor estaban tan habituados a nuestras desvergon- zadas dem ostraciones de afecto com o su clase estaba acostum brada a que él llegara unos m inutos tarde. Me sorprendió que el tiempo pasara tan rápidamente.Hice mi último examen del día y puse rumbo a Morgan Hall. Kara estaba sentada en su sitio habitual en la cam a m ientras y o rebuscaba entre m is caj ones unas cuantas cosas que necesitaba. —¿Te vas de la ciudad? —preguntó Kara. —No, solo necesitaba unas cuantas cosas. Voy al edificio de Ciencias a recoger a Trav y después m e quedaré en su apartam ento toda la semana. —Me lo im aginaba —dij o ella, sin apartar los oj os del libro. —Que tengas buenas vacaciones, Kara. —Mm m . El cam pus estaba casi vacío, solo quedaban unos pocos rezagados. Cuando doblé la esquina, vi a Travis y a fuera, acabándose un cigarrillo. Llevaba un gorro de lana para taparse la cabeza afeitada y tenía la m ano m etida en el bolsillo de su chaqueta de cuero m arrón oscuro desgastada. Expulsaba el hum o por los orificios nasales, absorto en sus pensam ien- tos y con la m irada clavada en el suelo. Hasta que estuve a unos pocos m etros de él, no m e di cuenta de lo distraído que estaba. —¿Qué te preocupa, cariño? —pregunté. Él no levantó la m irada. —¿Travis? Pestañeó cuando oy ó m i voz y una sonrisa forzada sustituy ó a la