Cuando Shepley y Am erica regresaron con sus bandej as, habían he-
cho las paces. Ella se acom odó risueña en el asiento vacío que había j
unto a m í, charlando sobre el inm inente m om ento en el que conocería
a sus suegros. Se iban esa m ism a tarde a su casa; la excusa perfecta para
que Am erica tuviera una de sus famosas crisis.
La observé picotear de su pan m ientras charlaba sobre hacer las m
aletas y cuánto equipaj e podría llevar sin parecer pretenciosa, pero pa-
recía aguantar bien.
—Ya te lo he dicho, cariño. Les vas a encantar. Te querrán tanto com
o te quiero y o —dij o Shepley, recogiéndole el pelo detrás de la orej a.
Am erica respiró hondo y las com isuras de su boca se levantaron com o
siem pre que él conseguíatranquilizarla.
El teléfono de Travis vibró, deslizándose unos centím etros por la m
esa. Lo ignoró, pues le estaba contando a Brazil la historia de nuestra
prim era partida de póquer con sus herm anos. Miré la pantalla y llam é
la atención de Travis con unas palm aditas en su hom bro cuando leí el
nom bre.
—¿Trav?
Sin disculparse, le dio la espalda a Brazil y m e concedió toda su
atención.
—¿Sí, Palom a?
—Creo que quizá te interese coger esta llam ada. Baj ó la m irada a
su m óvil y suspiró.
—O no.
—Podría ser im portante.
Frunció la boca antes de llevarse el aparato a la orej a.
—¿Qué hay, Adam ? —Buscó con la m irada en la habitación, m ien-
tras escuchaba, asintiendo ocasionalm ente.
—Esta es m i últim a pelea, Adam . Todavía no estoy seguro. No pien-
so ir sin ella y Shep se va de la ciudad. Lo sé… Ya te he oído. Hum …,
de hecho, no es m alaidea.
Levanté las cej as al ver que se le ilum inaban los oj os con la idea
que le hubiera propuesto Adam . Cuando Travis colgó el teléfono, lo m
iré con expectación.
—Bastará para pagar el alquiler de los próxim os ocho m eses. Adam
ha conseguido a John Savage. Está intentando hacerse profesional.