—Vam os adentro.
—Buena idea —dij e asintiendo.
Me llevó de la m ano por el bufé libre y am ontonó diferentes
platos hum eantes en una sola bandej a. La caj era y a no ponía su prede-
cible cara de perplejidad desemanasantes, acostumbradaanuestrarutina.
—Hola, Abby —m e saludó Brazil antes de guiñarle un oj o a Travis—.
¿Tenéis planes para la sem ana que viene?
—Nos quedam os aquí. Vendrán m is herm anos —dij o Travis
distraído, m ientras organizaba nuestros alm uerzos, repartiendo los pe-
queños platosde poliestireno delante de nosotros en la m esa.
—¡Voy a m atar a David Lapinski! —anunció Am erica al acercarse,
m ientras se lim piaba la nieve del pelo.
—¡Un im pacto directo! —se rio Shepley. Am erica le lanzó una m
irada de advertencia y su risa se volvió nerviosa—. Quiero decir…, ¡qué
capullo!
Nos reím os por la m irada de arrepentim iento que puso cuando la
observó correr furiosa hacia el bufé, antes de seguirla rápidam ente.
—Sí que lo ata en corto —dij o Brazil con una m irada de disgusto.
—Am erica está un poco tensa —explicó Travis—. Va a conocer a los
padres de Shepley esta semana.
Brazil asintió, levantando las cej as.
—Entonces…, van…
—Sí —dij e, asintiendo a la vez que él.
—Es perm anente.
—¡Vay a! —dij o Brazil.
La estupefacción no desapareció de su cara m ientras escogía su com
ida, y pude com probar cóm o lo em bargaba la confusión. Todos éram
os m uy j óvenes, yBrazilnopodíaacomodarsealcompromisodeShepley.
—Cuando llegue el m om ento, Brazil, lo sabrás —dij o Travis, son-
riéndom e.
El local bullía de em oción, tanto por el espectáculo del exterior com
o por lo rápido que se acercaban las últim as horas antes de las vacacio-
nes. A m edida que se iban ocupando los asientos, la charla constante
creció hasta convertirse en un eco estruendoso, cuy o volum en iba en
aum ento conform e todo el m undo em pezaba a hablar por encim a
delruido.