Cuandoloempujécontramí,yano opuso resistencia. Sus m úsculos se ten-
saron y aguantó el aliento m ientras se deslizaba dentro de mí.
—Dilo otra vez —m e pidió.
—Soy tuy a —dij e j adeando. Todos m is nervios, dentro y fuera,
pedían m ás
—. No quiero volver a separarm e nunca m ás de ti.
—Prom étem elo —dij o él, gim iendo al volver a penetrarm e.
—Te am o. Te am aré para siem pre.
Las palabras fueronpocomásqueunsuspiro,perolomiréalos ojos mien-
tras las decía. Vi cóm o la inseguridad desaparecía de su m irada e, inclu-
so en la penumbra,cómoseleiluminabalacara.
Satisfecho por fin, selló su boca contra la m ía.
Travis m e despertó con besos. Sentía la cabeza pesada y aturdida por
todo el alcohol que había bebido la noche anterior, pero en m i cabeza se
repetía la hora anterior a quedarm e dorm ida con vívidos detalles. Sus
suaves labios cubrieron cada centím etro de m i m ano, m i brazo, m i
cuello, y, cuando llegó a m is labios, sonreí.
—Buenos días —dij e contra su boca.
No habló, sus labios siguieron actuando sobre los m íos. Me tenía
envuelta en sus sólidos brazos, y entonces enterró la cara en m i cuello.
—Estás silencioso esta m añana —proseguí, m ientras le acariciaba la
piel desnuda de la espalda con las m anos.
Dej é que siguieran baj ando hasta su trasero y le pasé la pierna por
encim a de la cadera, m ientras le daba un beso en la m ej illa.
Sacudió la cabeza.
—Solo quiero seguir así —susurró él. Fruncí el ceño.
—¿Qué m e he perdido?
—No pretendía despertarte. ¿Por qué no vuelves a dorm irte?
Me incliné hacia atrás contra la alm ohada y le levanté la barbilla.
Tenía los oj os iny ectados en sangre y la piel de alrededor enrojecida.
—¿Qué dem onios te pasa? —pregunté, alarm ada.
Me cogió una m ano entre las suy as y la besó, apretando la frente
contra m i cuello.
—¿Puedes volver a dorm irte, Palom a? Por favor.