se resistió cuando intenté em puj arlo dentro de m í.
—Los dos estam os borrachos —dij o él, respirando con dificultad.
—Por favor.
Apreté las piernas contra sus caderas, desesperada por aliviar la sen-
sación ardiente que notaba entre los m uslos. Travis estaba decidido a
que volviéram os a estar j untos, y no tenía ninguna intención de luchar
contra lo inevitable, así que estaba m ás que dispuesta a pasar la noche
entre sus sábanas.
—Esto no está bien —dij o él.
Estaba j usto encim a de m í, apretando su frente contra la m ía.
Esperaba que solo estuviera haciéndose de rogar y que, de algún m odo,
pudiera convencerlo de que se equivocaba. Era inexplicable, pero pare-
cía que no podíam os estar separados; en cualquier caso, y a no necesita-
ba ninguna explicación. Ni siquiera una excusa. En ese m om ento, él era
todo loque necesitaba.
—Te quiero.
—Necesito que lo digas —dij o él.
Mis entrañas lo llam aban a gritos y no podía aguantarlo ni un segun-
do m ás.
—Diré lo que quieras.
—Entonces dim e que eres m ía. Dim e que volverás a aceptarm e. No
quiero hacer esto a m enos que estem os j untos.
—En realidad nunca hem os estado separados, ¿no crees?—pregunté
esperando que fuerasuficiente.
Sacudió la cabeza m ientras sus labios se m ovían sobre los m íos.
—Necesito oír cóm o lo dices. Necesito saber que eres m ía.
—He sido tuy a desde el instante en que nos conocim os.
Mi voz adoptó un tono de súplica. En cualquier otro m om ento, m e
habría sentido avergonzada, pero había llegado a un punto en el que los
rem ordim ientos y a no tenían lugar. Había luchado contra m is sentim
ientos, los había guardado y los había em botellado. Había experim en-
tado los m om entos m ás felices de m i vida en Eastern, y todos habían
sido con Travis. Ya fuera peleándom e, am andoo llorando, si lo hacía
con él, estaba donde quería estar.
Levantó uno de los lados de la boca m ientras m e toca-
ba la cara, y después suslabiosrozaronlosmíosen unbesotierno.