—¡Muchas gracias, am iga!
El aire frío golpeó las zonas de m i cuerpo que llevaba al aire y pro-
testé m ás fuerte.
—¡Báj am e, m aldita sea!
Travis abrió la puerta de un coche y m e lanzó al asiento trasero, antes
de sentarse a m i lado.
—Donnie, ¿eres tú el encargado de conducir esta noche?
—Sí —respondió nervioso, m ientras m e observaba debatirm e por
escapar.
—Necesito que nos lleves a m i apartam ento.
—Travis…, no creo…
La voz de Travis sonaba controlada, pero am enazadora.
—Hazlo, Donnie, o te clavaré el puño en la parte trasera de la cabeza,
lo j uro por Dios.
Donnie quitó el freno de m ano, m ientras y o m e lanzaba a por la m
anilla de la puerta.
—¡No pienso ir a tu apartam ento!
Travis m e cogió por una de las m uñecas y luego por la otra. Me in-
cliné para m orderle el brazo. Cerró los oj os y, cuando hundí los dientes
en su carne, un gruñidobajoseescapódesusmandíbulasapretadas.
—Haz lo que quieras, Palom a. Estoy cansado de tu m ierda. Solté su
piel y sacudí los brazos, luchando por liberarm e.
—¿Mi m ierda? ¡Déj am e salir de este puto coche! Se acercó m is m
uñecas a la cara.
—¡Te am o, m aldita sea! ¡No vas a ninguna parte hasta que estés
sobria y dejemoslascosasclaras!
—¡Tú eres el único que tiene que aclararse, Travis! —dij e.
Finalm ente, m e soltó las m uñecas; y o m e crucé de brazos y puse
m ala cara el resto del tray ecto.
Cuando el coche am inoró la velocidad en una señal de stop, m e in-
cliné hacia delante.
—¿Puedes llevarm e a casa, Donnie?
Travis m e sacó del coche agarrándom e por el brazo y volvió a
echarm e sobre su hom bro para subir lasescaleras.
—Buenas noches, Donnie.
—¡Voy a llam ar a tu padre! —grité. Travis se rio a carcaj adas.