—No hagas eso.
—¿El qué? ¿Decirte que estás preciosa?
—Sim plem ente…, no lo hagas.
—No lo decía en serio. Resoplé por la frustración.
—Gracias.
—No…, desde luego que estás preciosa. Eso sí lo decía en serio. Me
refería a lo que dij e en m i habitación. No te voy a m entir. Disfruté in-
terrum piendo tu cita conParker…
—No era una cita, Travis. Solo estábam os cenando algo. Ahora no m
e habla, y todo gracias ati.
—Lo he oído, y lo siento.
—No, no lo sientes.
—Sí…, vale, tienes razón —dij o él tartam udeando cuando vio m i
cara de im paciencia—, pero no…, esa no fue la única razón por la que
te llevé a la pelea. Quería que estuvieras allí conm igo, Palom a. Eres m
i amuleto de la buena suerte.
—No soy nada tuy o —le espeté, fulm inándolo con la m irada. Enarcó
las cej as y dej ó de bailar.
—Lo eres todo para m í.
Apreté los labios, intentando dar m uestras de m i enfado, pero era im
posible que no se m e pasara tal com o m e estaba m irando a m í.
—En realidad, no m e odias, ¿verdad?
Me aparté de él en un intento de poner m ás distancia entre nosotros.
—A veces desearía hacerlo. Haría que todo fuera m uchísim o m ás
fácil.
Una sonrisa se extendió en sus labios, que dibuj aron una línea del-
gada y sutil.
—Bueno, ¿y qué es lo que te cabrea m ás? ¿Lo que hice para que m
e odiaras?
¿O saber que no puedes odiarm e?
Volví a estar enfadada. Pasé a su lado em puj ándolo y subí las esca-
leras que llevaban a la cocina. Noté que em pezaba a tener los oj os húm
edos, pero m e negaba a parecer una puñetera desgraciada en aquella
fiesta de citas.
Finch se colocó de pie a m i lado, j unto a la m esa, y suspiré con ali-
vio cuando m e entregó otra cerveza.