—Nos vem os por la m añana —dij o Am erica, dándom e un beso en
la m ej illa.
Travis cogió m i vaso y lo dej ó en la m esita de noche. Se quedó m
irándom e un m om ento y después fue hasta su arm ario, descolgó una
cam isa y la lanzó sobre la cama.
—Siento cagarla tanto —dijo él, suj etándose la cerveza contra el oj o.
—Tienes un aspecto terrible. Mañana estarás hecho una m ierda. Él
sacudió la cabeza, disgustado.
—Abby, has sufrido un ataque esta noche. No te preocupes por m í.
—Es difícil m ientras veo cóm o se te hincha el oj o —dij e, m ientras
m e ponía la cam isa en el regazo.
Apretó las m andíbulas.
—No habría pasado si hubiera dej ado que te quedaras con Parker.
Pero sabía que, si te lo pedía, vendrías. Quería dem ostrarle que sigues
siendo m ía. Y has acabado herida.
Sus palabras m e pillaron desprevenida y pensé que no había oído
bien.
—¿Por eso m e pediste que fuera esta noche? ¿Para dem ostrarle algo
a Parker?
—En parte, sí —dij o, avergonzado.
Se m e heló la sangre en las venas. Por prim era vez desde que nos
conocíam os, Travis m e había engañado. Había ido a Hellerton con él
pensando que m e necesitaba, pensando que, a pesar de todo, habíam os
vuelto a donde estábam os al principio. Y no era m ás que un farol; él
había m arcado su territorio y y o se lo había permitido.
Se m e llenaron los oj os de lágrim as.
—¡Vete!
—Palom a —dij o él, dando un paso hacia m í.
—¡Vete! —dij e cogiendo el vaso de la m esita de noche y lanzándolo
contra
él.
Travis se agachó y el vaso estalló contra la pared en cientos de pe-
queños y
relucientes añicos.
—¡Te odio!
Travis suspiró com o si le hubieran sacado todo el aire de un golpe y,