Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Seite 305

tiada a que am bos entraran. Muchos coches salieron rápidam ente de donde estaban aparcados en dirección a la carretera, pero se detuvieron chirriando cuando un segundo coche de policía bloqueó el camino. Travis y Shepley saltaron a sus asientos, y Shepley lanzó una m aldi- ción cuando vio que los coches atrapados volvían m archa atrás desde la única salida. Arrancó el coche, y el Charger botó cuando saltó por encim a de la cuneta. Pasó sobre el césped y salió volando entre dos edificios, hasta que volvió a rebotar cuando cogim os la calle que estaba detrás de launiversidad. Los neum áticos chirriaron y el m otor rugió cuando Shepley pisó el acelerador. Me deslicé por el asiento hasta darm e contra el interior de la carrocería del vehículo cuando giram os y m e golpeé el codo que y a tenía m agullado. Las luces de la calle entraban por la ventanilla m ientras corríam os hacia el apartam ento, pero parecía que había pasado cerca de una hora cuando finalmentenosdetuvimosenelaparcamiento. Shepley aparcó el Charger y apagó el m otor. Los chicos abrieron sus puertas en silencio, y Travis pasó al asiento de atrás para cogerm e enbrazos. —¿Qué ha ocurrido? Joder, Trav, ¿qué te ha pasado en la cara? —dij o Americacorriendoescalerasabajo. —Te lo contaré dentro —dij o Shepley, guiándola hacia la puerta. Conm igo en brazos, Travis subió las escaleras, cruzó el salón y el pa- sillo sin decir una palabra, hasta que m e dej ó en su cam a. Toto m e daba pataditas en las piernas y saltaba sobre la cam a para lam erm e la cara. —Ahora no, pequeño —dij o Travis en voz baj a, m ientras se llevaba al cachorro al pasillo y cerraba la puerta. Se arrodilló delante de m í y tocó los bordes deshilachados de m i m anga. Su oj o estaba en la fase inicial de un hem atom a, roj o e hinchado. La piel irritada de encim a estaba rasgada y bañada en sangre. Tenía los labios m anchados de escarlata y desgarros en la piel de algunos nudi- llos. La cam iseta que antes había sido blanca estaba ahora m anchada de una com binación de sangre, hierba y barro. Le toqué el oj o y él hizo un gesto de dolor, apartándose de m i m ano. —Lo siento m ucho, Palom a. Intenté llegar hasta ti. De verdad… —Se aclaró la garganta, asfixiado por la ira y la preocupación—. Pero nopodía.