negándose a soltarm e.
—¡Serás zorra! —gritó él.
Al m inuto siguiente, m e liberé.
Shepley m iraba a Ethan con oj os salvaj es, m ientras lo agarraba
por el cuello de la cam isa. Suj etó a Ethan contra la pared, m ientras le
golpeaba con el puño una y otra vez en la cara. Solo se detuvo cuando
Ethan se puso a sangrar por la boca y lanariz.
Shepley tiró de m í hasta las escaleras, em puj ando a todo aquel que
se interpusiera en su cam ino. Me ay udó a salir por una ventana abierta y
por una salida de incendios, hasta que por fin m e cogió cuando salté los
pocos m etros que m e separaban del suelo.
—¿Estás bien, Abby ? ¿Te ha hecho daño? —m e preguntó Shepley.
Una m anga de la cam isa m e colgaba solo de unos cuantos hilos.
Aparte de eso, había escapado sin un rasguño. Sacudí la cabeza, todavía-
conm ocionada.
Shepley m e puso las m anos a am bos lados de la cara y m e m iró a
los oj os.
—Abby, respóndem e. ¿Estás bien?
Asentí. Cuando la sangre absorbió la adrenalina, las lágrim as em
pezaron a fluir.
—Estoy bien.
Me abrazó, apretando la m ej illa contra m i frente, y después se
enderezó.
—¡Estam os aquí, Trav!
Travis corrió hacia nosotros a toda velocidad, y solo baj ó el ritm o
cuando m e tuvo en sus brazos. Estaba cubierto de sangre, le chorreaba
por el oj o y tam bién tenía la boca salpicada de roj o.
—¡Santo cielo! ¿Está herida? —preguntó él. Shepley seguía con su m
ano en m i espalda.
—Me ha dicho que está bien.
Travis m e apartó extendiendo el brazo y frunció el ceño.
—¿Estás herida, Palom a?
Justo cuando decía que no con la cabeza, vi a la prim era persona del
sótano que baj aba por la salida de incendios. Travis m e estrechó con
fuerza entre sus brazos, revisando las caras de quienes salían en silencio.
Un hom bre baj ito y rechoncho saltó de la escalera y se quedó helado